Es bastante frecuente que actores o directores de teatro escriban obras para sus compañías o, a la inversa, que dramaturgos dirijan o actúen en sus propias creaciones. De hecho, dos grandes genios de la literatura lo hicieron: Shakespeare y Molière. Éste último incluso fue cómico ambulante algunos años, recorriendo Francia con sus obras antes de triunfar en París.
Y es que Jean-Baptiste Poquelin (París, 1622-1673) -éste era su nombre- era un verdadero hombre de teatro o, como se diría hoy, un ‘animal teatral’, que renunció a heredar de su padre el cargo de camarero real para dedicarse a la comedia. Desde entonces, llevó una vida frenética escribiendo y representando obras e interviniendo, voluntaria o involuntariamente, en las rencillas literarias de su época.
Como Corneille y, más tarde, Racine son los grandes trágicos del teatro clásico francés, Moliére es el gran comediógrafo, aunque sus creaciones siempre dejan un leve poso amargo, seguramente debido a que se burlan de defectos humanos.
Así, sus obras presentan siempre a un personaje que encarna un defecto o vicio muy presente en la sociedad –el hipocondríaco, el avaro o el don Juan- para ironizar sobre él y hacer que acabe escaldado.
Ésto sucede con Tartufo, que fue estrenado con resonante éxito en 1669 y se burla de la figura del hipócrita adulador que siempre busca algún beneficio. Pero la comedia sufrió un sin fin de problemas hasta ser autorizada. Escrita en 1664, tras los primeros ensayos fue prohibida. Entonces, Molière redactó una versión suavizada –El impostor-, que tampoco pudo poner en escena. Hasta que, por fin y sin que se sepa muy bien por qué, fue permitida.
No es de extrañar tanta prohibición, pues todos los aduladores del Rey Luis XIV, monarca absoluto, debieron verse reflejados de algún modo en la obra. Ésta nos presenta a Tartufo, un hombre falso que con sus adulaciones influye en el poderoso Orgón hasta convertirse en su director espiritual. Pero su verdadera intención es casarse con la hija de éste y, al tiempo, aprovecharse de unos documentos que le ha firmado y que le permitirán quedarse con su casa. Al verse descubierto, en su codicia, va incluso ante el Rey para ejecutar los documentos, pero el monarca los anula en premio a antiguos servicios que Orgón le había prestado.
Tartufo fracasa, así, en todas sus intenciones. Pero Molière, como en otras muchas de sus obras, nos deja una muy válida moraleja: líbrate de los aduladores, pues suelen ser falsos amigos que sólo buscan algún beneficio.
Podéis leer la obra aquí.
Fotos: Representación del Tartufo Claudiaoo en Flickr | Detalle de la representación: Andrish en Flickr

Coincidiendo con el centenario de la publicación de la novela, una iniciativa española reeditará la obra de Bram Stoker junto con un documental y contenido extra. Llegará el próximo 20 de abril de 2012.