En paralelo a lo que se estaba produciendo en otros países, el teatro español de principios del siglo XX presenta –dejando a un lado las obras más comerciales de Jacinto Benavente y sus seguidores- interesantes intentos de renovación. Quizá los más destacados sean los de Valle-Inclán y sus ‘comedias bárbaras’ y ‘esperpentos’, pero no es el único. También ‘Azorín’, Unamuno o Jacinto Grau realizaron algunas tentativas.

Monumento a Unamuno en Salamanca
Concretamente, el caso de Unamuno es paradigmático del escritor cuyos peculiares dramas son sistemáticamente rechazados por no ajustarse a los cánones comerciales de la época. Y, sin embargo, escribió un buen puñado de obras, entre las que merecen citarse ‘Fedra’, ‘Raquel’, ‘La venda‘o ‘Sombras de sueño’, entre otras.
Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936), catedrático y rector de la Universidad de Salamanca, destacado intelectual y filósofo, ha pasado a la historia de nuestras letras por sus ensayos y novelas –o ‘nivolas’, como él prefería llamarlas-, quedando su teatro relegado, junto a su poesía, a un segundo plano. Y, si bien en el caso de esta última, es honesto decir que con toda justicia, en el de su dramaturgia quizá hubiera merecido mejor suerte.
Pero en el teatro mandan los criterios comerciales y poner en escena una obra cuesta mucho dinero como para arriesgarse a que el público no asista. En su época, el rey de la escena era el citado Benavente, creador de dramas burgueses costumbristas y con una suave crítica social, que se ajustaban como anillo al dedo a los gustos de los asistentes al teatro.
Por el contrario, las obras de Unamuno se hallan totalmente alejadas de ese tipo de teatro. A la vista del devenir posterior de la dramaturgia, diríamos que presentan una modernidad absoluta. Trataremos de justificar esta afirmación.
El núcleo esencial del drama unamuniano es la puesta en escena de una pasión. Ese es el principio y fin de su creación dramática, al más puro estilo de la tragedia clásica. Y, para ello, no duda en desnudar el drama de todo aditamento y adorno, lo cual nos lleva a su característica esencial: la desnudez en todos los sentidos: suprime todos los elementos escénicos –decorados, trajes, etc-, toda ornamentación retórica y reduce la acción al mínimo necesario.

Homenaje a Unamuno en Bilbao
Asímismo, los personajes son esquemáticos, puros entes portadores de la pasión que su creador quiere tratar e incluso ésta se reduce a su núcleo. Así, Unamuno entra de lleno en la modernidad del teatro posterior.
Pero en esta cualidad lleva su dramaturgia su mayor defecto. Tanto quiere esquematizar sus obras que éstas se quedan en meros intentos. No ya por la reducción de elementos ornamentales, sino porque las personas y las pasiones que presenta –de tan esquemáticas- no alcanzan plena realización como situaciones y realidades dramáticas, se quedan en meros esbozos.
Otro importante defecto del teatro unamuniano se encuentra en el lenguaje: éste carece de verosimilitud, es una prosa ensayística, intelectual, con poca autenticidad humana. Incluso los giros coloquiales que el autor introduce dan sensación de ‘postizos’. Es, en suma, un lenguaje de libro, distinto al que utilizan en sus diálogos las personas. Así, los caracteres más parecen muñecos cuyo ventrílocuo es Unamuno que seres auténticos.
Todos estos defectos y también todas las virtudes del teatro unamuniano se encuentran en ‘Sombras de sueño’, trasposición dramática de un relato breve publicado en 1920: ‘Tulio Montalbán y Julio Macedo’. La acción –como no podía ser de otra manera- es sencilla: Elvira vive con su padre en una isla. Está enamorada de Tulio Montalbán, un hombre cuya historia se cuenta en un libro. A su isla llega Julio Macedo, en quién Elvira cree ver a Tulio. Pero, en cambio, Macedo confiesa haber matado a Montalbán, sin mencionar la causa. Todo el misterio se aclarará al final. Efectivamente, son la misma persona, pero Julio mató en sí al otro para ser un hombre nuevo. Ahora el amor de Elvira ha vuelto a dar vida a Tulio, a la persona que Julio no quiso seguir siendo. Por ello, el hombre nuevo, Macedo, acabará suicidándose.

Habitación de Unamuno durante su destierro en Fuerteventura
El tema es muy frecuente en Unamuno: es el drama de la conciencia escindida en dos, que –para el autor- es el drama del alma. El filósofo bilbaíno consideraba a sus personajes y a sí mismo como ‘agonistas’, es decir entes con una doble conciencia que se encuentra en permanente lucha, de la cual el máximo ejemplo es el conflicto entre ser y no ser, entre fe y lógica.
Nos encontramos ante la misma lucha interna de otros personajes unamunianos, aunque cada uno con sus peculiaridades: el sacerdote de ‘San Manuel Bueno, mártir’, que no logra alcanzar la fe; o el Joaquín Monegro de ‘Abel Sánchez’, cuya vida es un constante anhelo de ser, de tener personalidad individual, y nunca lo consigue, sólo existe en oposición –odio- hacia su amigo Abel; e incluso la Gertrudis de ‘La tía Tula’ y su ansia de maternidad.

Fachada de la Universidad de Salamanca, de la que Unamuno fue Rector
Curiosamente, según confesión del propio autor, su objetivo en esta obra era presentar el problema del aislamiento del hombre, para lo cual recurre al escenario de una isla. Por tanto, el ambiente y la escenificación debían ser lo fundamental. Pero esto es, justamente, lo que no se logra, pues no difieren esencialmente de los de otros dramas. Los personajes se hallan aislados, pero no por el mar, sino que su aislamiento se encuentra en su conciencia.
Igualmente, la obra es portadora de otros defectos propios de su teatro y que ya hemos mencionado: los diálogos son excesivamente literarios; los personajes carecen de vida propia siendo meros instrumentos por cuyas bocas habla el autor; e incluso el mar, que debería simbolizar el aislamiento, no termina de cuajar como símbolo dramático.
En suma, la obra teatral de Unamuno –a nuestro juicio- no alcanza la talla de la ensayística y la narrativa. Son dramas bien esbozados en cuanto al conflicto dramático, a la pasión que mueve la trama que presentan, pero su realización como género teatral no se logra. Habría sido lo mismo si lo hubiera escrito en forma ensayística o novelada. El autor bilbaíno anhelaba renovar el teatro español, pero, para lograrlo, se requería una pluma con mejores cualidades dramáticas.
Fotos: Monumento a Unamuno: Rotatebot en Wikimedia | Homenaje: Javierme en Wikipedia | Habitación: Alex Castella en Flickr | Fachada U. Salamanca: Ddxc en Wikipedia

Añadir a Del.Icio.Us



3 Comentarios en “‘Sombras de sueño’, de Miguel de Unamuno”
esta biennnnnnnnnnnnnnn
pero bieeeeeeeeennnnnnnnnnn
feaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
de lo mas horrible
esta bien pero no me gusta
mmmmmmmmmmmmmmmmmm pz no me gustooo bueno solamente algo okidoki-.