Han pasado más de diez años desde que leí por primera vez El lazarillo de Tormes, obra que suele considerarse una de las cumbres de la picaresca de España. Según puedo recordar leí esta simpática obrilla en mis años escolares por indicación de quien entonces era nuestro profesor de literatura española, un gordo ajedrecista que ya estiró la pata. Sobre el autor nada se sabe con absoluta certeza, y se ha atribuido a varias plumas sin motivos concluyentes.
El lazarillo de Tormes relata la vida de un muchacho que es dejado por su madre debido a sus precariedades económicas a un ciego, para que éste le muestre la manera de ganarse el sustento. Posteriormente tiene por amo a distintos personajes de una variada galería humana: un clérigo, un escudero, un fraile de la Merced, un buldero, un pintor de panderos, un capellán y un alguacil, personajes que tal vez pueden resumir a la sociedad española del siglo XVI, época de variopintos oficios y costumbres.
El protagonista de la historia, narrador en primera persona, es justamente Lázaro de Tormes. En todos los casos el narrador-protagonista ve las de Caín y sufre mil penalidades en su travesía vital, pero de distintas maneras sabe sacar partido de las circunstancias, mostrando a veces su personalidad perspicaz, su ingenio no exento de cierta nota de humor. Muchas cosas me vienen al recuerdo sobre esta obra, e incluso hasta el día de hoy en son de broma repito constantemente la expresión “ofendido me has”, expresión que leí entre sus páginas, un hipérbaton que en apariencia era uso entre la literatura aurisecular española, e incluso en la poesía simbolista francesa, por ejemplo en la forma cómo tituló Mallarmé “Un coup de dés jamais n’abolira l’hasard”.
Volviendo al tema, a la novela anónima, la vida casi delincuencial de los personajes, la empatía que provoca a sus lectores, que llegan a un grado de complicidad con Lázaro y quizás principalmente la narración en primera persona hacen a esta obra muy semejante a las novelas que se escriben en la actualidad. En efecto, la situación hilarante, las muchas golpizas que se dan y reciben como moneda corriente o el hurto mondo y lirondo que se advierte al pasar las páginas asemejan a la primera novela de Vargas Llosa, por ejemplo: hurtos, rapacería, gracejo, candor, son temas comunes en la buena literatura de hoy y de siempre. Como creo haber señalado, mi primer contacto con esta obra lo tuve cuando contaba catorce años, y no pasó mucho tiempo para que nos mandaran a leer otros textos del Siglo de Oro de este mismo jaez, por ejemplo, “Rinconete y Cortadillo” de Miguel de Cervantes.
En El lazarillo de Tormes aparecen de forma bastante sabrosa las desventuras y picardías de este antihéroe, un pobre diablo que sale de apuros por obra de los consejos sabios de su primer amo, aquel invidente que resultó más taimado que todos los ciegos de España juntos; para luego pasar en su azarosa existencia de un amo a otro. Al decidir abandonar al ciego, del cual se dice que fue el maestro más importante que tuvo, se venga de este como despedida, haciendo que reciba un fuerte golpe contra una pilastra en un día de lluvia. Lo dejó y, según relata, nunca más supo ni se preocupó por él. Es bastante notable que los escenarios no sean precisamente la arcadia o lugares idílicos, sino más bien localidades concretas y conocidas, como Salamanca y Toledo. También es preciso anotar que los sucesos que se narran tienen un grado de verosimilitud que se nota en una lectura somera. Muy pocos pensarían sinceramente que los hechos son inventados por el autor. Por el contrario, parecen sucesos acaecidos realmente; es una obra “realista” en esa medida; con mayor razón si se observa que en las primeras páginas del texto la voz narrativa informa a sus posibles lectores de su conformación familiar, quiénes fueron sus padres, en dónde vivió, etcétera. El ingenio del protagonista se observa también cuando hace atribuir a los ratones los bocados de pan que roba de un arca del cura, otro de sus amos; pero se ve una especie de empatía con uno de sus amos, cuando se ve obligado a mendigar para que subsistan tanto él cuanto su amo, un pobre hidalgo, que se interesaba en mostrarse bien vestido a sus vecinos, pero que atravesaba grandes carencias materiales, a tal punto que a veces no tenía qué poner en el plato.
Mis recuerdos de esta genial obrita me vienen también por lo que dijo un profesor de historia, del simpático episodio en el cual se dice que a cierto finado lo llevaban a donde nunca se come ni bebe y Lázaro cree que llevaban al muerto a su casa, habida cuenta de las penurias que sufría ora con un amo, ora con otro. También me viene a las mentes que yo leía la obra con ideas extrañas en la cabeza, pues cuando llegué al tratado cuarto y comprobé que el narrador decía que abandonó a uno de sus amos “por otras cosillas que no digo”, pensé inmediatamente en lo sexual o lo escatológico. Vaya, sí que era yo un malpensado de primera.
Esta obra reviste una importancia central para mí, pues es una de las primeras novelas que leí, y que leí con gusto. Muchas veces sentimos recelo ante obras de siglos pretéritos, debido al lenguaje arcaico que contienen, y, por lo tanto, buscamos adaptaciones al lenguaje moderno. Yo leí una edición fiel al texto original, y aunque se presentaban ciertos giros que no son comunes en el presente, resulta más agradable la lectura. Es cierto que no disfruté leer el Quijote en la edición de Martín de Riquer, pero sí disfruté con esa pícara novelita, antigua, cierto es. Recomiendo por eso la obra y espero que disfruten de ella como yo la disfruté cuando era un adolescente tierno.
El texto lo pueden descargar de la Web de Proyecto Gutemberg.


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