El movimiento naturalista creado por Emile Zola, que vino a sustituir al Realismo tradicional añadiéndole un componente de experimentación y análisis sociológico, creó escuela. Pronto un puñado de discípulos se adhirió a las tesis del maestro, aplicándolas en sus escritos. Entre ellos, se encontraban novelistas de la talla de Maupassant, Huysmans, Henri Ceard, León Henique o Paul Alexis.

Vista de Dieppe, ciudad natal de Maupassant
No obstante, estos seguidores –sin abandonar aquellos postulados por completo- no tardaron mucho en encontrar su propio camino que, en la mayoría de los casos, supuso una suavización de los postulados naturalistas de Zola, un tanto dado a bucear en lo desagradable.
Como decíamos, uno de aquellos excelentes discípulos fue Guy de Maupassant (Dieppe, 1850-1893), quién, además, estaba apadrinado nada menos que por Flaubert. Burgués normando, una plaza de funcionario en París le sirvió de excusa para una vida bohemia y disipada, en la que no faltaron mujeres, alcohol y drogas.
Pero Maupassant fue un trabajador infatigable. En poco más de diez años, escribió siete novelas largas, unos doscientos sesenta relatos breves y tres obras teatrales, además de algunos versos. Y, aunque no recorre los bajos fondos tomando notas, como Zola, esta ingente creación constituye, quizá, un retrato más logrado que el de aquél de la sociedad francesa de su tiempo. Todas las clases sociales, desde el aristócrata hasta el campesino, están presentes en sus relatos y, aunque carecía de la planificación del maestro, su producción, en conjunto, muestra cierta unidad.
Y ello por no mencionar que escribe mejor que aquél. Su estilo claro busca, no obstante, el lenguaje bien esculpido, la palabra adecuada y no desdeña la belleza. Su prematura muerte ha impedido que sepamos hasta donde podría haber llegado como escritor.
Maupassant es fundamentalmente escritor de relatos breves, es un magistral cuentista. Sin menospreciar sus novelas largas, es en los cuentos donde hallamos su verdadero talento. Narraciones como El Horla o Bola de sebo figuran entre los mejores escritos en lengua francesa.

Médan, ciudad que da nombre al célebre volumen de relatos naturalistas de Zola y sus seguidores
De otro carácter, aunque no menos apreciable es La aventura de Walter Schnaffs. Ambientado en la Guerra Franco-Prusiana de 1870, nos presenta a un soldado cobardica y gordito cuya vocación guerrera es muy escasa. Es un honesto padre de familia que añora a los suyos y desea volver a casa. Cuando se regimiento es atacado, se esconde y hurde un plan perfecto para huir de los frentes de batalla: se entregará al enemigo y, así, gozará de los privilegios de los prisioneros de guerra –un alojamiento, comida y, sobre todo, tranquilidad-. Pero su propio pavor a ser capturado por civiles que se venguen en él de los dolorosos efectos de la contienda se lo impide.
Cuando, por fin, se decide a salir, se acerca a una casa señorial cuyos habitantes, al verlo, huyen despavoridos dejando toda la comida sobre la mesa. El soldado, muerto de hambre, se da un gran banquete de comer y de beber. Ante su borrachera, es capturado por el coronel Ratier, un comerciante de paños incorporado a filas.
Como puede apreciarse, se trata de un relato humorístico, excepcionalmente escrito y que nos muestra una visión irónica de la guerra como algo a lo que el común de los mortales acude por obligación y en la que el heroísmo constituye un hecho aislado.
Podeis leer el relato aquí.
Fotos: Dieppe: Sea, Ships&Seine River en Flickr | Médan: Liamsismile en Flickr

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