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Poesía
Poesía del 98

‘La copla’, de Manuel Machado

El otro Machado
Luís Martínez González
08:00h Miércoles, 15 de abril de 2009
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Aunque pueda parecerlo y sin ser habitual, no es tan infrecuente en la historia de la literatura el caso de dos hermanos que se dedican a escribir, bien conjuntamente, bien por separado. Por citar sólo algunos ejemplos, podemos hablar de los hermanos Grimm y, ya en España, los Argensola o, más recientemente, los Panero o los Goytisolo.

Manuel Machado

Manuel Machado

Lo que es menos común es que ambos alcancen una calidad extraordinaria, tanto en sus obras en colaboración como en las escritas individualmente. Y este es el caso de los hermanos Machado. No es este el momento de hablar de la magnífica obra poética de Antonio, que dejaremos para otra ocasión, sino de la no menos excelente de su hermano mayor Manuel.

Ambos eran hijos y nietos de folcloristas andaluces –su padre, también de nombre Antonio Machado y de pseudónimo ‘Demófilo’, fue un erudito de la música popular de aquella tierra y, probablemente, el único catedrático universitario de folclore que ha existido- y ello se aprecia fácilmente al observar su aprecio por esta tradición, de la que es buena muestra el poema que nos ocupa: ‘La copla’.

Manuel Machado Ruiz (Sevilla, 1874-1947) era –como decíamos- el hermano mayor de Antonio y, probablemente por razones ajenas a su calidad literaria, así ha pasado a la posteridad. Ello no supone menospreciar la excepcional obra poética de éste, sino reconocer la no menos extraordinaria de aquel, que merecería más estudio. No nos resistimos, al respecto, a narrar aquí la anécdota protagonizada por Jorge Luis Borges, que los había conocido a ambos en sus años mozos. Cuando un periodista preguntó al genio argentino por Antonio Machado, Borges respondió: ‘¿Dice usted Antonio Machado? ¡No sabía que Manuel tenía un hermano!’.

En colaboración compusieron obras teatrales como ‘Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel’, ‘Juan de Mañara’, ‘La duquesa de Benamejí’ o, la más popular de todas, ‘La Lola se va a los Puertos’, puestas en escena por lo más granado del panorama dramático español: Rivas Cherif en la dirección y Margarita Xirgu o María Fernanda Ladrón de Guevara como intérpretes.

Otro ilustre modernista español: Eduardo Marquina

Otro ilustre modernista español: Eduardo Marquina

Manuel es la personificación de todos los tópicos que se achacan a los poetas. Bebedor, mujeriego y trasnochador –también lo fue su hermano, aunque no tanto como él-, su íntima amistad con Rubén Darío nos puede dar una idea de las andanzas que ambos compartirían en aquel Madrid de principios del siglo XX en el que la bohemia era una religión. A través del genio nicaragüense, conocería a Baudelaire y los simbolistas franceses –Verlaine, Mallarmé, Rimbaud…- y a los parnasianos, con Gautier a la cabeza.

Así, el mayor de los Machado resulta ser uno de los máximos exponentes del Modernismo en España. Pero Manuel es un modernista a su modo. Nunca desdeñó las galas de esta corriente poética, pero tampoco dejó de lado -como decíamos- la tradición folclórica de su familia. Pese a haber abandonado Sevilla con nueve años para trasladarse a Madrid, nunca olvidó la música y el cante de su tierra. Por ello, sus poemas son muestra de lo que podríamos llamar un Modernismo tamizado de copla: junto a poemas puramente rubenianos y otros populares, escribió un tercer grupo de ellos en que adapta las ideas poéticas del autor nicaragüense a los metros y los aires de la música andaluza. Así, en su repertorio se incluyen estrofas de romances –él mismo presumía de haber aprendido a leer con el Romancero-, seguidillas y soleares, composición a partir de la que desarrolló una variante, la ‘soleariya’, en la que el verso central tenía un número más elevado de sílabas.

En su adscripción al Modernismo existe una fecha iniciática: su estancia en París en 1899, junto a Rubén, Amado Nervo y Gómez Carrillo, viaje del que regresaría convertido al movimiento. Varios artículos exaltando sus cualidades lo atestiguan. Desde entonces, volvería muchas veces a la capital francesa. Hasta 1910, en que sienta la cabeza, casándose con su prima Eulalia Cáceres, quién lo rescato de los cafés y la cirrosis.

Plaza del Altozano, en Sevilla. Su tierra siempre estuvo muy presente en su obra

Plaza del Altozano, en Sevilla. Su tierra siempre estuvo muy presente en su obra

Por entonces, es ya un poeta consagrado. Publica ‘Apolo. Museo pictórico’-cuyos sonetos son, a juicio de su hermano Antonio, lo mejor desde Calderón- y, al año siguiente, ‘Cante hondo’, que vendió mil ejemplares el primer día, lo cual era entonces inconcebible para una obra poética y lo sigue siendo ahora. Anteriormente –en 1902- había publicado ‘Alma’, quizá su mejor obra.

Manuel es, igualmente, un importante cultivador del soneto, especialmente del de arte menor, de ocho sílabas, denominado ‘sonetillo’, en el que no deja de introducir expresiones propias del habla andaluza.

El arte andaluz dejó profunda huella en Machado

El arte andaluz dejó profunda huella en Machado

El poema ‘La copla’ es una exaltación de ese cante andaluz, que tan denostado ha sido durante un tiempo y que, en los últimos años, ha retomado su prestigio, a pesar de su carácter eminentemente popular, pues, como bien dice él: ‘Hasta que el pueblo las canta,/ las coplas, coplas no son…’. Con forma, precisamente, de copla y rima asonante, Machado va explicando como, al llegar al pueblo estas composiciones se convierten en anónimas y ahí reside su grandeza, pues ‘…Al fundir el corazón/ en el alma popular,/ lo que se pierde de nombre/ se gana de eternidad’. Es, sin duda, un brevísimo y precioso poema, que responde al gusto noventayochista por buscar las raíces populares de España.

Los últimos años de Manuel Machado fueron tristes. Sus circunstancias sintetizan como pocas la tragedia vivida por España. Los dos hermanos, siempre unidos, quedan en bandos opuestos: Antonio en el republicano y Manuel en el nacional. Un día de 1939, se entera por el periódico de que su hermano ha muerto. Consigue, a duras penas, pasar a Francia y llegar a Colliure y, una vez allí, se entera de que su madre también ha muerto. Es la personificación de una catástrofe sobre la que muchos hoy trivializan sin saber siquiera lo que fue. Qué mejor momento para aplicarse sus propios versos: ‘Que la vida se tome la pena de matarme,/ ya que yo no me tomo la pena de vivir’. Dejaría este mundo en 1947, prácticamente olvidado. Sin duda, una injusticia.

Fotos: Manuel Machado: Kadellar en Wikipedia | Eduardo Marquina: Kadellar en Wikipedia | Plaza del Altozano: Frobles en Wikipedia | Bailarina: Aliparsa en Wikipedia

Comentarios (4)

  • Anónimo
    19:31 17 abril 2009

    Me ha interesado mucho la lectura del artículo. Un saludo.

  • marta
    10:58 19 enero 2010

    Nos ha interesado mucho su artículo y hoy 19 de enero, aniversario de la muerte del poeta, lo hemos linkado a nuestro blog, http://pervive.com/blogs/general/de-manuel-machado/

  • Nicaragüense
    22:30 9 junio 2010

    Que pena que los hombres que han dejado grandes legados a la humanidad se hayan ido de este mundo sin el reconocimiento merecido. Mientras estén vivos, démosle el reconocimiento a nuestros poetas, cuando estén muertos, ya no será necesario.

  • tatiana garcia
    02:10 30 marzo 2011

    los hombres es obvio q para la humanidad no sirven para nada solo para aruinar la vida a lsa mujeres y ya no se porque le hacemos caso nosotras tabien somos bbosas no nos dejemos de ellos y ya simplemente la vida no se acaba solo por ellos tambien tenemos nhuestrsa maneras de vivir y ya no se preocupen por ello y ya osea somos niñas oseaoseaoseaoseaoseaseaseaseacbn

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