El Simbolismo fue una importantísima corriente poética surgida en Francia a fines del siglo XIX, cuya influencia resulta esencial para comprender la lírica posterior –el Modernismo hispánico promovido por la genial obra de Rubén Darío, por ejemplo, le debe mucho- y que, a su vez, toma como modelo a Charles Baudelaire.
Sus dos rasgos esenciales son, de una parte, la musicalidad del lenguaje y, de otra, la exploración del valor connotativo de las palabras y muy especialmente su carácter simbólico. Para estos poetas, el mundo real no lo es tanto, sino solamente reflejo –o símbolo- de realidades ocultas y la función del escritor es descubrirlas.
La poesía resultante, cuya máxima expresión se halla en las composiciones de Mallarme y Verlaine, será así de una cierta complejidad intelectual, pese a la aparente sencillez de su lenguaje, debido a su poder sugerente de realidades ocultas.
Fueron muchos los discípulos de estos grandes maestros. De hecho, casi todos los poetas franceses contemporáneos a ellos se inician en esta escuela lírica. Uno de los más importantes fue Paul Valéry (Sète, 1871-1945), aunque, como todo gran escritor que se precie, pronto encontró una voz propia.
En efecto, aunque nunca abandono su preocupación por la musicalidad del verso, la creación de Valéry se adentra en honduras intelectuales que se encuentran, las más de las veces, bajo una aparente simplicidad formal. Su afición a la Matemática y la Filosofía pueden explicar este carácter de su lírica.
No obstante, a nuestro juicio, no nos hallamos ante una obra hermética o incomprensible. Sus poemas presentan, más bien, lo que podríamos calificar de un doble sentido: por una parte, el visible en la simple lectura y, por otra –aquí se halla su mayor dificultad-, el sugerente, que parece adentrarnos en conceptos ocultos, en una pluralidad de significados, a la que no encontramos límite.
De este modo, se trata de una lírica que posee un significado evidente y común para todos y otro que cada cual debe interpretar según su entender, lo cual le confiere una riqueza enorme, ya que toda opinión es válida.
Buen ejemplo de todo ello es su poema Helena, un canto al mar con indudables tintes mitológicos y que muestra, asimismo, una riqueza léxica y de imágenes excelente –es muy original la metáfora que utiliza para referirse a la espuma de las aguas: ‘barba de sal’-. El poeta procede de lugares oscuros y disfruta contemplando la luz del mar. Pero si hay algo que destaca en la composición es la musicalidad que anteriormente mencionábamos que le otorga un ritmo casi perfecto que parece evocarnos el vaivén de la marea.
Podéis leer el poema aquí.
Fuente: La periódica revisión dominical.
Fotos: Retrato de Valéry: Edward Knapczyk en Picasa | Vista de Sète: Aslakr en Flickr.

Coincidiendo con el centenario de la publicación de la novela, una iniciativa española reeditará la obra de Bram Stoker junto con un documental y contenido extra. Llegará el próximo 20 de abril de 2012.