El calificativo de generación literaria es un tanto aleatorio. Tan es así que las que tradicionalmente venían considerándose como tales han generado ríos de páginas a favor o en contra de esta denominación. Los criterios que hacia 1930 expuso Petersen para otorgar esta etiqueta –fechas de nacimiento cercanas, amistad entre sus miembros, acontecimiento generacional que los une, etc- han arrojado un poco de luz sobre el tema, pero no han terminado de clarificarlo.

Portada de una edición de la obra
Esta circunstancia se da en el caso de la llamada ‘generación del 98′. Hoy día aún no existe un consenso definitivo sobre cómo calificarla –’generación’ o ‘grupo’-. De cualquier forma, esto es anecdótico. Lo importante es que, desde finales del siglo XIX, coinciden un grupo de escritores cuya obra presenta similitudes importantes, sobre todo su meditación existencial, fruto de la crisis espiritual de fin de siglo, y su preocupación por España.
En efecto, ya antes del ‘Desastre del 98′ –aunque intensificado después del mismo- estos autores muestran su inquietud ante el letargo espiritual y material en que ven sumido a su país y, a su modo, proponen soluciones para despertarlo y lograr que se incorpore a la modernidad sin perder lo que –para ellos- es su esencia. Con el tiempo, desengañados, reducirán su preocupación a una exaltación lírica de los pueblos y el paisaje hispanos –sobre todo de Castilla, donde parecen encontrar el ser de España- y a las gestas pasadas.
Otro problema no menos importante que se ha suscitado entre los estudiosos es concretar una ‘nómina’ de escritores que deben ser incluidos en la ‘generación del 98′. Y, en este sentido, han considerado a Ángel Ganivet (Granada, 1865-Riga, 1898) como un precursor de la misma, calificativo que sólo se sostiene por el hecho de su temprana muerte, ya que, tanto por su nacimiento como por el contenido de su obra –a nuestro juicio-, debería ser incluido entre sus miembros.

La Alhambra de Granada, con Sierra Nevada al fondo
Ganivet, el autor de ‘Granada la bella’, fue periodista, funcionario y miembro del cuerpo diplomático, ejerciendo como cónsul en Amberes, Finlandia y Riga, donde se suicidaría, entre otros países. Por sus circunstancias vitales, puede ser considerado un prototipo del hombre de fin de siglo. Ante los avances científicos y mecánicos desmedidos de aquellos años, que desembocaron en filosofías puramente materialistas, el intelectual se siente un tanto perdido y propugna un retorno a la espiritualidad, a la valoración del hombre como persona, por encima de las máquinas. No debemos olvidar que –por ejemplo-, tras la poesía modernista, subyacía, entre otras cosas, el rechazo a aquel mundo puramente mecanizado.
En efecto, por estos cauces discurre la breve obra de Ganivet. Sus dos novelas, ‘La conquista de reino de Maya por el último conquistador español Pío Cid’ (1897) y ‘Los trabajos del infatigable creador Pío Cid’ (1898) –obsérvese el significativo apellido del protagonista común-, son críticas radicales de los modos de actuación de la civilización moderna, supuestamente progresiva pero más bien destructora de costumbres y creencias arraigadas en los pueblos primitivos, al propagar a ellos sus formas de vida. Todo ello puesto en contraste con el espíritu cristiano de conquista.

Ayuntamiento de Granada
El ‘Idearium español’ (1898) –su mejor obra, que produjo honda conmoción al publicarse- discurre también por estos caminos. Con presupuestos claramente tradicionalistas, estudia los componentes del espíritu español: senequismo, misticismo cristiano, individualismo…que se plasmaron en empresas guerreras y en la creación artística y cuya cima fue –para él- la conquista de América. En contraposición, analiza los males del presente –abulia, pereza, indisciplina- para mostrar la necesidad de una profunda renovación espiritual.
Igualmente presentes están estos ideales en ‘Granada la bella’, publicado en 1896. Son doce ensayos en los que el autor expone distintos asuntos de actualidad sobre su ciudad. La prosperidad económica había llevado a la urbe a expandirse de forma descontrolada, destruyendo algunos monumentos y símbolos de la misma. Ante ello, Ganivet, una vez más, protesta contra este progreso material exagerado y destructor, propugnando un desarrollo civilizado que haga de ella un espacio digno y habitable.
Pero la obra dista mucho de ser un mero tratado de urbanismo. Muy en concordancia con las tesis noventayochistas, el autor aborda todos los aspectos de la vida urbana. Así, defiende una renovación moderna del trazado, pero de modo responsable y adaptado a las necesidades de sus habitantes, pero va mucho más allá. Propugna la integración de los intelectuales en la vida de la ciudad, aportando ideas y sugerencias para lograr una convivencia que eleve los ideales de sus habitantes, y defiende la participación de aquellos en las consideraciones sociales, culturales, políticas y jurídicas de la urbe.

Fachada de la Catedral de la ciudad
Del mismo modo, aporta Ganivet ideas de una modernidad asombrosa para su tiempo. Defiende lo que podríamos llamar una ‘conciencia ecológica’ en el cuidado de las áreas más naturales y plantea algunas iniciativas como la de otorgar a las mujeres su merecido y necesario papel en la vida pública, en situación de igualdad respecto al hombre, de modo que no estén encerradas en casa.
La ciudad ganivetiana debe estructurarse en tres partes: una primera en que tienen cabida las necesidades materiales y espirituales de sus habitantes; la segunda, supone respetar el componente artístico de la urbe, desterrando de ella todo lo prosaico y de mal gusto; y la tercera, debe atender a la dimensión social, política y jurídica de la misma. Estos son los tres ámbitos que, para el granadino, debe respetar toda ciudad moderna.
Ganivet era un enamorado de su tierra y no deseaba que una ciudad tan hermosa como Granada fuese estropeada –como sucedió en tantos lugares- por el progreso descontrolado. No obstante, nunca tuvo mucha fe en que sus ideas fueran atendidas y, cuando su obra obtuvo un importante eco, fue el primer sorprendido. Tan poco confiaba en su éxito que llegó a pensar en imprimir unos pocos ejemplares, sólo para sus amigos. Y, sin embargo, aún hoy permanece en el inconsciente colectivo de la ciudad.
Sin duda, ‘Granada la bella’ no es la mejor obra del escritor, ni la más importante, pero su excelente prosa y las ideas que aporta en beneficio de una ciudad habitable hacen a esta obrita tener una enorme modernidad.
Fotos: Portada: tomada de Iberlibro | Alhambra: Er Komandante en Wikipedia | Ayuntamiento: Frobles en Wikipedia | Catedral: Antonio Peramo en Wikipedia

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3 Comentarios en “‘Granada la bella’, de Ángel Ganivet”
La idea de Angel Ganivet con respeto a su querida Granada era la mas acertada en cuanto a conservacion de ciudad de “ensueño” la realidad de incluir a la mujer en le ambito cultura y social. Los años han transcurrido y algo ha cambiado, tanto para bien como para mal, no concibo esa Avd. ahora de la CONSTITUACION y antes Calvo Sotelo, cuando en el año 60 me vino del pueblo a la ciuda de Granada, para buscar estudios y porvenir a cinco hermanos adolescentes y que ahora si viviese mi querido padre se sentiría orgulloso de varias generaciones posteriores, que han salido adelante con dignidad, fuerza y brillantez . Esos bulevares a cada lado de la avd. donde los niñas del colegio de la Compañia de Maria, con sus uniformes salian hacia sus respectivos hogares y el tranvia que iba del Triunfo para morir en mi querido Pinos Puente, donde tantas veces me trajo a la ciudad de Granada, unas veces de carabina del novizago de mi hermana, otras por una enfermedad de pequeña, donde el Dr. Sanchea Agesta me trató, con mucho ceregumí y ponches a destajo, aun recuerdo el tranvia que moria en el Triunfo y nos hacian fotos con el trípode y el caballaito, ya desde pequeña me gustaban las fotos antigua y conservo las de mi familia y muchas que compro en el ratro de Madrid. Fueron años maravillosos. No quiero dejar de comentar que una vez con 3 añitos me trajeron con 40 de fiebre, seria en el año 49 para tratar la típica enfermedad de aquellos años de postguerra, vestida con abriguito blanco con borlos, al parar el tranvia con un frenazo, me desperté asustada y vi entrar en el edificio, donde por casualidad ahora vive mi hermana mayor, a Fray Leopoldo de Alpandeire, que en aquella época podria rondar los 40 años o algunos mas, aquella imagen mi impacto para siempre, por eso a mi hijo le puse de segundo nombre Leopoldo en su recuerdo, quizas….hasta ese Santo me curaría? aun recuerdo el Congreso Eucaristico del 59 que me trajeron mis padres a Granada a la explanada del Triunfo, las heladas de las Ciudad y los terremotos de Albolote o las riadas de Valencia, por no obviar las preciosas Navidades de mi querido pueblo, la leche de America y el queso, donde las niñas del pueblo iban a repartir a la Sacristia del Sacerdote D. Cristobal, todo ello se quedará en mi recuerdo, en mi retina hasta que Dios quiera llevarme con él. Angel Ganivet era un soñador como tantos hay en la vida, que si no fuese por estos personales la vida seria una auténtica miseria humana. Soñemos y sigamos soñando porque el caracter granadino….siempre estará dormido en sueños irrealizables. Plasmemos nuestros recuerdos, los de nuestra vida diaria en pensamientos y escritos porque solo nuestras referencias emocionales, serán las que nos hagan soñar de verdad…la VIDA.
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