Todo trabajo requiere su aprendizaje y el literario no tiene por qué ser una excepción. Un escritor tiene que ir progresivamente aprendiendo su oficio y perfeccionando sus técnicas hasta llegar a sus obras maestras, en las que ya ha logrado pulir sus defectos y mejorar sus virtudes.
Esto le ocurrió también a William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, Inglaterra, 1564-1616), a quién podemos calificar, sin temor a equivocarnos, como el mejor autor de tragedias de todos los tiempos. Incluso él, que muestra algunos defectos en sus primeras obras –no obstante, excelentes-, fue eliminándolos progresivamente hasta llegar a sus grandes dramas: Macbeth, Otelo, Hamlet y El Rey Lear.
Curiosamente, es muy poco lo que se sabe a ciencia cierta sobre la vida de uno de los escritores más populares de todos los tiempos. Con mayor o menor certeza, sabemos que nació en Stratford y que era hijo de un fabricante de guantes, por lo que su situación económica no era boyante. Se casó muy joven, a los dieciocho años, con Anne Hathaway, mujer mayor que él y por entonces embarazada. Tras ello, su pista reaparece en Londres en 1592 como actor, director y escritor teatral. Pero, desde 1611, retorna al anonimato. Parece que volvió a Stratford, donde vive con su familia, parcialmente retirado hasta su muerte.
Es muy celebrado el pasaje de su testamento donde Shakespeare lega a su esposa ’su segunda cama preferida’, clara alusión a sus infidelidades. Pero, fuera de esto, poco más se sabe del mayor escritor en lengua inglesa.
Por otra parte, no resulta sencillo analizar en unas pocas líneas una tragedia como El Rey Lear, tal es su riqueza de significados. A grandes rasgos, su argumento es el siguiente: el anciano Lear decide abdicar y legar el trono a sus hijas. Pero, dudando a cuál de ellas hacerlo, opta por someterlas a prueba. A las dos más cariñosas, Regan y Goneril, les cede una parte del Reino, pero a Cordelia, la que de verdad lo quiere aunque sea más hosca, la deshereda, pensando que no lo ama.
Con el tiempo se demostrará que la realidad era precisamente al revés y la única que permanece al lado de su padre es Cordelia, mientras sus hermanas se disputan el trono. Todo ello desencadena hechos trágicos en los que ejercen un importante papel el conde de Gloucester y sus hijos, cuyas circunstancias se configuran como una acción secundaria de la principal.
Como decíamos, no resulta fácil extraer un solo significado de tan compleja obra. No obstante, podríamos aventurarnos a señalar como tal una alegoría del género humano, que camina perdido por un mundo en que la ambición y la maldad campan a sus anchas. Y no debemos perder de vista el simbolismo de la tempestad, que siempre aparece en los momentos de mayor tensión del drama.
Podéis leer la obra aquí.
Fotos: Shakespeare: Hans Dunkelberg en Wikimedia | Casa de Shakespeare: Ell Brown en Flickr



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