Leopoldo de Trazegnies Granda, escritor nacido en Lima, cuenta en su haber con varios relatos, entre los cuales uno de los más conocidos es La carcajada del Diablo, libro que agrupa una serie de pequeños relatos muy bien escritos y con una maravillosa forma de exponer cómicamente a los seres humanos seres llenos de errores que quieren tapar sobredimensionando sus virtudes.
En uno de los primeros pequeños relatos de Trazegnies manifiesta: “Los relatos que a continuación expongo pudieron haber sido escritos por el diablo más cojudo del averno, el diablo Cojuelo, al que le cayeron encima los demás. No tienen pues otro propósito que reflexionar sobre lo humano desde abajo y dejar lo divino para mentes más lúcidas”.
Esa es la clave de este libro, con el cual el autor ahonda de manera muy innovadora en lo más profundo del ser humano, casi sería mejor decir en lo más bajo del ser humano, para descubrir sus imperfecciones y tratar de que sean ellos mismos los que las arreglen dentro del orden divino.
Son 22, en total, los pequeños relatos, o reflexiones, pues también pueden tomar ese nombre, los que conforman a La carcajada del Diablo.
Cada uno va a ir posesionándose, de acuerdo a cómo avance el lector, de manera tal que el conjunto ofrezca un panorama lo bastante amplio pero sencillo del rol que juega el hombre entre lo divino y lo diabólico, como las dos fuerzas que lo atan a algo del más allá.
Sin embargo, en este libro las apariciones demoníacas no tienen nada que ver con otras, como las de Los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautremont, escritos ya hace más de un siglo.
No. Estos demonios, del escritor De Trazegnies, no forman parte del infierno, del mundo de abajo, sino que se encuentran aquí mismo sobre la tierra, tratando de a pocos, de ir mostrando que cada demonio ha sido desposeído de alas, sino que tienen dos piernas y dos brazos y que su infierno es el día a día de la vida.
La última sección del libro se titula La Carcajada del Diablo, y entre una serie de referencias y de explicaciones cruzadas con datos filosóficos y mitológicos, el autor concluye su obra con la misma hilaridad y seriedad que se va alternando durante las 22 partes.
El diablo no tiene voz, pero se puede reír. El sonido que produce dista del de los querubines, y cada uno en la tierra debe buscar y oír el suyo.


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