A grandes rasgos, podría establecerse una clasificación del teatro clásico, basándose en sus contenidos, en tres tipos. De una parte, está el teatro de evasión, que busca entretener y divertir al espectador. Por otra, se halla el de denuncia, que, a su vez, puede ser de contenido político o de muestra de vicios y defectos sociales. Y un tercero sería el estético, pura búsqueda de la belleza literaria, en el que el argumento es secundario.
Todos son válidos y tienen su público. No obstante, si un dramaturgo logra conjugar en una sola obra los tres, en mayor o menor medida, coincidiremos en que tiene mérito.
Esto es lo que trataba de hacer –aunque no siempre lo conseguía- Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por Molière (París, 1622-1673), personaje singular que, pudiendo haber ocupado puestos relevantes en la Administración del Estado, optó por el entonces poco prestigioso oficio de cómico, en buena medida por su relación con Armanda Béjart.
Como quiera que fuese, el hecho es que Molière fue actor y escritor de comedias para su propia compañía. Y, frente al prestigio de un Corneille o un Racine, nunca contó con el apoyo de los entendidos, aunque sí del público.
Quizá ello se debiera también a que su teatro denunciaba vicios sociales (se le ha calificado como teatro-espejo) y ello no siempre resulta cómodo para el espectador. En efecto, desde el tacaño hasta el hipocondríaco o enfermo imaginario, pasando por el misántropo, todas las encarnaciones de defectos tienen cabida en sus obras.
Buena muestra es El avaro, estrenada en 1668 con un sonado fracaso, que trata sobre esa figura tan común en la sociedad de ayer y de hoy. Harpagón vive con sus hijos Elisa y Cleanto. Aunque su posición económica es acomodada, los jóvenes viven llenos de privaciones debido a la mezquindad de su padre para con el dinero. El anciano desea casarse con Mariana, una muchacha pobre de la que también Cleanto está enamorado. Harpagón pretende comprar el afecto de la joven con su fortuna pero, al final, se impone su tacañería y, para no gastar su dinero, renunciará a la boda.
Durante toda la trama, para recalcar aún más la avaricia de Harpagón, se muestra la obsesión de éste por una caja con diez mil escudos que tiene enterrada en el jardín y que acabará desapareciendo.
En suma, una obra que muestra uno de los defectos humanos más comunes y atemporales, ya que en todo tiempo y lugar nos encontramos con estos personajes que viven de la usura y cuyo único afán en la vida es hacer acopio de dinero. Si el teatro debe ser espejo de la sociedad, Molière lo consiguió como pocos.
Podéis leer la obra aquí.
Fotos: Retrato de Molière: Jadc01 en Flikcr | Monumento a Molière: Quinet en Flickr

Coincidiendo con el centenario de la publicación de la novela, una iniciativa española reeditará la obra de Bram Stoker junto con un documental y contenido extra. Llegará el próximo 20 de abril de 2012.
oe y donde esta el libro
ni un brillo la pagina