Algunos escritores han mostrado tal imaginación que hay quiénes los consideran verdaderos visionarios, auténticos genios que fueron capaces de prever los caminos que había de seguir el Hombre.
Son autores de páginas que se hallan a medio camino entre la ciencia-ficción y lo profético, por su capacidad para adelantar la aparición de modos de vida e instrumentos que, en su tiempo, aún ni siquiera se encontraban en el oscuro mundo de las ideas.
Aunque no es el único, probablemente el más destacado de ellos sea el francés Julio Verne (Nantes, 1828-1905), entre cuyas anticipaciones se encuentran los automóviles o una red telegráfica mundial que recuerda mucho a Internet –todo ello en su novela París en el siglo XX-, las naves espaciales en De la Tierra a la Luna, el barco sumergible en Veinte mil leguas de viaje submarino o un no menos alucinante tren de alta velocidad interoceánico en Un expreso del futuro.
Todos estos inventos tienen mayor mérito aún si se piensa en que el autor francés era gran aficionado a la Ciencia, de la que procuraba estar al día en torno a sus avances, y que documentaba de forma fidedigna o, al menos, verosímil, sus especulaciones.
Pero la imaginación portentosa de Verne no podía permanecer inmóvil y, por ello, también escribió extraordinarios relatos juveniles de aventuras –entre ellos, una obra maestra, La isla misteriosa- y, lo que es menos conocido, alguna novela de terror que muestra no menos maestría.
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