Los movimientos que pretendían revolucionar la creación poética se sucedieron a ritmo vertiginoso durante los primeros años del siglo XX. Un cierto hastio de bellezas formales, muchas veces vacías de contenido, y un afán intelectual condujeron a los líricos del momento hacia una poesía experimental en busca de nuevos caminos. Son las llamadas Vanguardias y no solamente afectaron a la literatura, sino también a las demás artes.

Guillaume Apollinaire
De entre todos aquellos creadores, si hubo alguno especialmente activo, éste fue el italiano Guillaume Apollinaire (Roma, 1880-1918). Hombre inquieto, cuando arribó al París de la gran bohemia, ya había desempeñado varios trabajos de diversa índole. Pero fue en la capital francesa, en aquellos momentos un volcán en erupción artística, donde adquirió un nombre entre los círculos intelectuales.
Allí fundaría, junto a Picasso y Braque, el Cubismo, uno de aquellos movimientos de vanguardia que –si en pintura suponía la descomposición de la realidad en líneas geométricas en virtud de la captación intelectual, no sensorial, de los objetos-, en literatura trataba de deshacerla para luego reconstruirla libremente, mezclando conceptos y frases tomadas al azar. Así surgirían sus famosos caligramas, poemas en que la especial disposición de las palabras o los versos forman imágenes visuales.
Pero si en poesía Apollinaire fue un revolucionario, en muchos de sus textos en prosa, prácticamente desconocidos, se muestra como un tradicionalista. En efecto, sus relatos presentan una estructura absolutamente clásica, sin ningún tipo de innovación formal o interna.
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