
Monumento a los Quintero en el Parque del Retiro, Madrid
Tradicionalmente, se ha divido en género teatral en tragedia y comedia y, a su vez, éstas en diversas tendencias. Pero un arte tan complejo no siempre es fácil de enclaustrar en rígidas clasificaciones. El creador siempre va por delante de ellas. Así, por ejemplo, existe la tragicomendia al igual que la comedia melodramática.
Por ello, a la hora de hablar de un autor de teatro, lo mejor es huir de etiquetas y limitarse a caracterizar del mejor modo posible su obra, sobre todo si es tan peculiar como la de los hermanos Álvarez Quintero.
Serafín (1871-1938) y Joaquín (1873-1944) Alvarez Quintero, sevillanos de Utrera, cultivaron, en efecto un tipo de teatro alegre y amable. El hecho de calificarlo así no significa que se trate de obras cómicas –ni siquiera son estrictamente comedias, pues plantean siempre algún tipo de conflicto-, sino que rebosan alegría de vivir. Sus personajes son buenos, amantes de la vida, seres sencillos que, sin tener muchas cosas, saben ver siempre el lado amable del vivir y de la sociedad.
En este sentido, cabe decir que los conflictos que muestran sus obras podrían calificarse de melodramáticos, en el mejor sentido de la palabra. No hay en ellas grandes tragedias, sino pequeños problemas de la vida que siempre se resuelven bien. Se trata de piezas simpáticas, con diálogos vivos, llenos de gracia y salero andaluz y con un indudable componente costumbrista. La ternura, la luz de su tierra y un lenguaje elegante completan la descripción de estas obras.
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