Marco Polo tuvo mucha suerte. En una época en la que las comunicaciones no eran rápidas ni mucho menos inmediatas, él pudo conocer múltiples tierras y viajar como muy pocos lo harían durante los siglos XIII y XIV. Sus desplazamientos por Japón, India, Sri Lanka o Rusia, entre otros, fueron memorables. Precisamente de ellos da cuenta en uno de los libros de viajes o mercaderías más apreciados entre historiadores y aficionados al género. El hecho de haber nacido en un enclavamiento decisivo para la época como fue Venecia, centro de intercambios comerciales, sobretodo relacionado con Asia y Oriente en la llamada Ruta de la Seda, permitió a un joven Marco Polo familiarizarse con los viajes comerciales, que posteriormente marcarían su vida y su obra. En su familía habían otros exploradores antes que él, por lo que una temprana vocación se pondría de manifiesto.
A través de su padre, Nicolas Polo, el joven Marco se haría con los favores del primer emperador chino de la dinastía Yuan, que pronto le convertiría en su emisario personal. De esta manera se iniciaría Marco Polo en el mundo de los viajes. Podemos afirmar, por tanto, que Los viajes de Marco Polo, también titulado El libro de las maravillas, nos ofrece un testimonio inestimable de la ideología medieval. Y no solo referente a la mercadería, sino como declaración de los usos y costumbres de la época, de la diplomacia medieval, la etnografía o el estatuto sobrenatural del medievo. El texto, en una época en la que no existía la imprenta, fue traducido a varios idiomas y gozó de un éxito inesperado.
Básicamente, en él podemos encontrar un listado nada desdeñable de las singularidades de varios territorios y pueblos, narrados con la soltura y la amenidad del buen cronista que era Marco Polo. Al mismo tiempo, el autor no se reprime al prejuzgar a las distintas etnias y pueblos desde su altar como católico y occidental. Así, y desde una visión totalmente etnocentrista, que gira alrededor de una herencia greco-latina de la existencia, el relato “del otro” en Marco Polo estará caracterizado por el desconocimiento y el miedo, hablando de ignorancia y perversidad al hacer referencia a colectivos como el musulmán, al que califica de “pueblo salvaje”. Pese a los prejuicios, podemos ver en el autor la voluntad de entender determinadas prácticas que en un catolicismo cerrado pueden considerarse denostables. Así, la simpatía del viajero hacia los abramayanes hindús se pondrá de manifiesto.
Seguir leyendo »


Añadir a Del.Icio.Us











