Hace unos días tuve una pequeña discusión con mi compañero del Boletín de Literatura acerca de las representaciones que se hacen de las mujeres en los grandes clásicos de la literatura. Específicamente abordamos las colecciones de cuentos de “Las mil y una noches” y el clásico libro de cuentos del Infante Don Juan Manuel “El Conde Lucanor“. Curiosamente en mi caso mi aproximación a tan exquisitas obras se debió a un gran erudito de la literatura latinoamericana: Jorge Luis Borges.
En el caso de las Mil y Una Noches son muchas las virtudes que se han comentado en diversos artículos. El Conde Lucanor no le queda a la saga, pero su redacción tiene algo de esa atmósfera oriental propio de las noche árabes. Entendible por la influencia árabe en la cultura española. Tantos años de ocupación árabe tenían que dejar una huella en la península ibérica y la podemos ver tanto en la arquitectura como en las comidas y algunas palabras del habla castellano derivadas precisamente del idioma árabe.

Uno de los cuentos que siempre me gustaron de la obra del Infante Don Juan Manuel es el célebre “Lo que sucedió a un deán de Santiago con don Illán, el mago de Toledo“. El elemento fantástico y la forma en la que se cuenta la historia hace que uno pueda confundirla con ese otro monumento de la literatura que es “Las Mil y una noches”. Pero las virtudes de “El Conde Lucanor” son propias. En el caso del Deán de Santiago con el mago de Toledo uno disfruta uno de los mejores finales que un cuento puede tener. Un final tan contundente y profundo en la reflexión de la naturaleza humana que supera a muchos cuentos de “Las Mil y una noches”.

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