A lo largo de la Historia de la Literatura ha habido autores que han buscado las fuentes de inspiración menos convencionales. Desde los excesos con el alcohol y las drogas de algunos, como Charles Baudelaire o Edgar Allan Poe, hasta las experiencias al filo de la realidad o el trance enfebrecido de otros.
Pero pocos habían propugnado la creación literaria a partir del subconsciente y el mundo de los sueños como lo hizo el Surrealismo. Quizá por esto sea considerado la mayor revolución estética del siglo XX y, sin duda, de lo que llevamos del XXI. Y ello a pesar de haber surgido en un momento –los años veinte- en que los movimientos de vanguardia, a cual más atípico, se sucedían vertiginosamente.
Sin embargo, mientras otros desaparecían tras una existencia fugaz, la huella del Surrealismo ha pervivido en la obra de muchos escritores posteriores. Quizá sea porque este movimiento no se presentaba –a diferencia de otros- como una renovación estética, sino como una revolución integral.
Su génesis se encuentra, no obstante, en otros experimentos vanguardistas, como el Dadaísmo y el Cubismo. De ellos procedían sus creadores, André Breton, Philippe Soupault o Louis Aragon, entre otros, pero su gran artífice sería el primero de ellos.
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