Hasta el siglo XVI, la poesía castellana se hallaba constituida por dos corrientes. Una, popular, cuyo máximo exponente eran los romances y los villancicos y que hundía sus raíces en los mismos inicios de la literatura peninsular. Y otra, culta, conformada por cancioneros de contenido amoroso o didáctico-moral, que procedía de la tradición provenzal.

Retrato de Garcilaso de la Vega
Pero, pronto, a estas dos tendencias vendría a unirse otra de origen italianizante. Los dos grandes poetas transalpinos Dante Alighieri -figura esencial de la poesía tardomedieval o prerrenacentista- y su sucesor, Petrarca, influyeron de modo esencial en la poesía europea del momento.
Y, como España no iba a ser una excepción, en la península ibérica esta lírica de origen italiano se introdujo por medio de dos figuras esenciales en nuestras letras: Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, quiénes la conocieron de primera mano debido a sus contactos con poetas de aquéllas tierras –en el caso del primero- y a sus estancias allí –en el del segundo-.
Garcilaso de la Vega (Toledo, hacia 1501-1536) encarna como pocos la figura del cortesano renacentista que definiera Castiglione en sus obras. Soldado y poeta, perteneció a la Corte del Emperador Carlos I y realizó numerosos servicios en Nápoles y otros reinos de la península itálica, lo que le permitió entrar en contacto con los seguidores de Dante y Petrarca.
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