Durante unos años, sólo se concebía como literatura de calidad aquélla comprometida políticamente. Por fortuna, semejante disparate ha pasado a la historia, pues la literatura es toda elaboración poética del lenguaje, es decir, cualquier texto que utilice las connotaciones de éste para crear una obra artística.

Una representación de la obra
Pero, mientras duró aquélla tontería, sus paladines, denostaron hasta la saciedad a los autores que –con mucho más talento que ellos- escribían otro tipo de obras en las que la política estaba ausente y que se centraban en problemas e inquietudes más profundas del ser humano o, simplemente, en entretener al público o crear belleza.
Así, marginaron durante unos años el teatro de Alejandro Casona (Besullo, Asturias, 1903-1965), tildándolo de escapista y apartado de la realidad histórica española. No comprendían aquellos ‘talentos’ que la obra de Casona estaba por encima de ellos, pues sí que era comprometida, pero con el ser humano y sus inquietudes universales y atemporales.
Y no sólo eso. Durante un tiempo, el teatro casoniano constituyó la mayor renovación respecto a la escena española, anquilosada en un Jacinto Benavente que ya había ofrecido lo mejor de su pluma tiempo atrás.
A nuestro juicio, Casona es un excepcional dramaturgo que profundizó como pocos en la relación entre fantasía y realidad que constituyen la vida humana. Para el asturiano, en sus propias palabras, ‘la realidad no es sólo la angustia, desesperación o sexo. El sueño es otra realidad tan real como la vigilia’.
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