El Romanticismo fue mucho más que un movimiento literario o artístico. Resultó ser toda una filosofía vital, una forma de entender la vida –o, mejor dicho, de no comprenderla- que dio lugar a un tipo muy curioso de personaje: el conocido como ‘hijo del siglo’.
Se denominó así, ya en la época, al joven sensible y melancólico, enamoradizo, bohemio y con veleidades artísticas, que se hallaba desubicado en una sociedad que comenzaba la industrialización. Un carácter que no pocas veces terminó en el suicidio. Podrían citarse un sin fin de ejemplos de esta actitud vital: en España, son muy evidentes los casos de Larra y, en una variante belicosa y rebelde, de Espronceda, pero los hubo en todas partes.
De hecho, si hubo un país en el que abundaron como en ningún otro, éste fue Francia: Lamartine, Nerval, Musset -autor de un libro de poemas titulado precisamente Confesiones de un hijo del siglo- e incluso, un poco más tarde, Baudelaire, son muestras proverbiales de ello.
Pero también un escritor tan aparentemente realista como Gustave Flaubert (Rouen, 1821-1880) tenía mucho de ello. Desde su atalaya de burgués provinciano, jamás se sintió cómodo en un mundo cada vez menos adaptado a su gran sensibilidad. De hecho, su obra fundamental, Madame Bovary, es entre otras muchas cosas la historia de una insatisfacción vital.
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