
Estatua dedicada a Ignatius J. Reilly en Nueva Orleáns
Seguro que alguna vez has leído un libro que no querías que acabase nunca. Bueno, pues éste, en mi humilde opinión como lector, es uno de ellos. La conjura de los necios no tiene un capítulo malo, ¡qué digo, no tiene un párrafo que sea más flojo que el resto! El libro es bueno en sus cuatro puntos cardinales y es genial desde la primera frase. Incluso el prólogo, escrito por Walker Percy, posee gran interés. En él, este profesor universitario cuenta cómo descubrió el escrito de John Kennedy Toole, autor que había fallecido once años antes de que Percy se maravillase con sus palabras.
Gracias a la labor de la madre del escritor, consciente de la calidad de La conjura de los necios, el manuscrito llegó a manos de Percy, que lo dejó asombrado. Escéptico en un principio, el profesor empezó a leerlo, pero a medida que avanzaba no daba crédito de lo que tenía delante suya: el original de uno de los mejores textos de la literatura norteamericana de todos los tiempos.
Escrita en 1962, pero publicada en 1980, La conjura de los necios cuenta las aventuras de un enorme –y lo digo por el tamaño– joven de treinta años y su válvula pilórica por las calles de Nueva Orleáns. Ignatius J. Reilly, como así se llama el protagonista de la novela, es un personaje inigualable, que no se parece a ningún otro que jamás se haya imaginado –y si se tiene que asemejar a alguno, yo diría que recuerda a Don Quijote de la Mancha–. Inadaptado a su tiempo, nostálgico de la Edad Media, defensor de la monarquía por derecho divino y engullidor de salchichas, Reilly y su inseparable gorra verde de cazador recorren las calles de la ciudad más grande del estado de Luisiana en busca de trabajo para saldar una deuda, contraída por su madre, tras un accidente de coche.

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