Generalmente, cuando se nos habla de los humanistas del Renacimiento, pensamos en sesudos caballeros cuyas profundas obras indagan en lo divino y lo humano y que no concedían ni un mínimo de su tiempo al humor o a lo festivo. Pero esto dista mucho de la verdad.
Humanistas hubo que, entre comentario y cometario sobre la obra de Platón, se distraían escribiendo glosas picantes a los versos de Ovidio, u otros que contaban entre sus aficiones, aparte de la filosofía, el buen vino de la tierra.
Sin duda, entre los de este tipo se incluía el galo François Rabelais (Chinon, ¿1494?-1553), médico y literato perseguido por los eruditos de La Sorbona y que es, probablemente, uno de los escritores franceses sobre los que sus compatriotas –tan conocidos por su chauvinismo- han vertido más cantidad de improperios. Como muestra, valgan dos ejemplos: Voltaire lo calificó de filosofo borracho y Lamartine de ‘ensuciador de la triste humanidad’. No obstante, como cualquier hombre polémico, también cuenta con defensores. Así, Chateaubriand lo sitúa como creador de la literatura francesa y Balzac lo considera ‘el mayor espíritu de la humanidad’.
Probablemente, quiénes lo criticaron no comprendían el carácter satírico de su obra. De entre todos sus escritos, lo mejor es la serie de Gargantúa y Pantagruel, compuesta por cinco novelas y que es una inmisericorde burla de su sociedad. Estos personajes son dos gigantes, pero no perversos, sino bondadosos, glotones y aficionados al vino, cuyos festines gastronómicos dan lugar a infinidad de situaciones cómicas.
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