Si hay un mito inmortal que glorifica a un villano ese es sin duda el de Don Juan Tenorio. Tan prominente mito tiene su versión no solo en un libro, sino en muchos. Incluso, una de sus más grandes versiones es una ópera del más grande compositor musical de todos los tiempos. Un personaje tan glorificado es sin lugar a dudas el más grande villano de todos los tiempos. Los hay más terroríficos como Drácula, más sanguinarios y bestiales como el Orangután de los Crímenes de la Calle Rue Morgue o incluso más sofisticados como el Mulo de la saga Fundación; pero el villano más carismático, aquel que secretamente admiramos es el inmortal Don Juan Tenorio.

Se suele decir que hay dos personajes que definen la literatura española. Amos son arquetipos de una clase de ser humano. Simbolizan algunas de las características que le concedemos al carácter de los seres humanos. Son el inmortal caballero de la triste figura Don Quijote y el vital conquistador arrogante Don Juan Tenorio. Por un lado tenemos al soñador empedernido que en su mundo de sueños se enfrenta a gigantes imaginarios y libera a delincuentes oprimidos. Un romántico imposible que sublima todos sus apetitos humanos a la persecución de un ideal de pureza anacrónico. Don Quijote sueña con un mundo que nunca existió. La cultura galante y aventurera de los nobles caballeros medievales. Pero en el mundo de sueños de Don Quijote no se trata de realizar las mismas hazañas de antiguos caballeros medievales, se trata en el noble Don Quijote de intentar vivir sus hazañas. La vida del inmortal Quijote no busca encontrar la gloria, solo quiere perseguirla. Una vida intentando lograr lo extraordinario es mejor que una vida apacible y segura. Al loco de La Mancha se le quiere por eso. Representa lo mejor de nosotros como seres humanos, nuestra capacidad de soñar y seguir luchando por nuestros sueños a pesar de las derrotas que podamos sufrir en el camino. Todos deseamos ser secretamente unos Quijotes.
El caso contrario es el de Don Juan. Si Don Quijote es la pureza y la sublimación en Don Juan encontramos la lujuria y el gusto por el placer inmediato y tangible. La figura de Don Juan se agiganta porque en su arrogancia representa al hombre que está convencido que puede lograrlo todo. En su voluptuosidad está convencido de que nada le está prohibido y que debe emprender una búsqueda constante por los placeres inexplorados. Quizás en ese punto se parezcan ambos personajes. Ambos son incansables buscadores de emociones y aventuras. Representan al hombre activo que toma la vida y se la lleva por adelante. Los dos personajes son transformadores de su sociedad. La diferencia fundamental está en que mientras la suerte le es esquiva a Don Quijote, siempre le sonríe a Don Juan. Es el perfecto ganador que la civilización occidental siempre ha amado desde el tiempo de Aquiles o de Gilgamesh.

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En lo que concierne al gentilicio tarasco, existen dos teorías sobre su origen. Fray bernandino de Sahagún acerca el término tarasco al nombre del dios Taras, uno de las divinidades que adoraban los michoques. La ortografía de la palabra Taras varía bastante. Encontramos: Tharas, Thares, Tharés-upeme o Turésvpeme. Desde el punto de vista etimológico, el vocablo hace referencia a la divinidad original, primera. En lengua purépecha (lengua de los tarascos) “tarhe” significa “antiguo, viejo”.



Jorge Ruiz Saavedra nos ha hecho llegar un sitio web bastante interesante. Se trata de una biblioteca virtual de la 


