Por mucho que algunos autores se empeñen en defender lo contrario, la vida del escritor marca a fuego su obra. Aunque pretendan construir una ficción, su trayectoria vital aparece en ella inevitablemente, bien en la propia trama, bien en su contenido ideológico o bien, simplemente, esparcida aquí y allá entre los caracteres de los personajes.
Si esto ocurre con escritores cuya vida ha sido más o menos plácida, mucho más lo será en quiénes han tenido una biografía terrible, como el mexicano Juan Rulfo (Apulco, Jalisco, 1917-1986). Y es que, cuando tan sólo era un niño, Rulfo vio como asesinaban a toda su familia en la llamada Guerra de los Cristeros, sublevación católica contra el gobierno de Plutarco Elías Calles, que pretendía erradicar esta religión de México y que aparece muy bien retratada por Graham Greene en El poder y la gloria.
Con estos antecedentes, se explica fácilmente el carácter difícil y depresivo de Rulfo y también lo peculiar de su escasa obra, que se limita a dos volúmenes de cuentos y la magistral Pedro Páramo, considerada por algunos como una de las más importantes novelas de siglo XX, tanto por su peculiar contenido como por sus audacias técnicas.
Entre éstas últimas destacan la ruptura temporal de los hechos –se ha hablado de ‘tiempo circular’-, el uso del monólogo y una renovadora utilización del lenguaje, con destacada presencia de mexicanismos.
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