Uno de los rasgos predominantes en la Generación del Noventa y ocho fue su preocupación por España. Ello les llevó a buscar la esencia de la misma con el objetivo de restaurar ese espíritu tras el penoso episodio de la Guerra contra Estados Unidos. Y su conclusión fue que ésta se hallaba en las duras tierras castellanas, habitadas por gentes austeras y laboriosas.
Por este motivo, casi todos ellos las recorrieron y dejaron testimonio de sus andanzas en sus obras. Obras como La ruta de don Quijote, de Azorín –al margen de lo que tiene de homenaje al hidalgo cervantino- o Campos de Castilla, de Machado, son buena muestra de ello.
Entre los escritores posteriores, si hay alguien que puede considerarse heredero de la tradición noventayochista, éste es el gallego Camilo José Cela (Padrón, 1916-2002). En efecto, con las oportunas salvedades, el autor de La familia de Pascual Duarte debe mucho a aquellos autores. Él mismo se reconoció siempre deudor de la narrativa de Pío Baroja y sus temas entroncan directamente con las inquietudes del Noventa y ocho.
Por ello, no es de extrañar que Cela recuperase un género que, como decíamos, fue muy cultivado por aquéllos: el libro de viajes, que podríamos definir como la crónica de un itinerario realizado por el autor. Tiene carácter ensayístico, puesto que no sólo describe paisajes y lugares, sino que analiza el carácter de las gentes que encuentra a su paso y sus formas de vida.
Seguir leyendo »


Añadir a Del.Icio.Us










