Al igual que en otros aspectos de las artes, en la literatura también se origina una mitología propia, constituida por personajes que han calado tan profundamente en la conciencia colectiva que se erigen en representativos de una forma de entender la vida –ya sea para bien, ya como ejemplo de perversión- hasta el punto de que son rápidamente identificados con una actitud vital.

Monumento a Tirso de Molina en Madrid
Los ejemplos son muy numerosos, pero, por citar algunos, podríamos decir que Emma Ozores –y su correlato francés, Bovary- personifican la insatisfacción de la persona reducida a una vida superficial y frívola; Werther se erige como arquetipo del idealismo y la rebeldía románticas; o don Quijote es la encarnación del idealismo y la lucha inútil por la justicia.
Como ellos, don Juan Tenorio es personificación de muchas cosas y no todas positivas. Así, por una parte, es el prototipo del rebelde ante la sociedad, que vive saltando por encima de sus convenciones y haciendo lo que le viene en gana, rasgos muy atractivos en cualquier época y lugar. Pero, por otra, es un ser perverso, que no duda en engañar para lograr sus objetivos sexuales, aunque con ello arruine la vida de sus víctimas.
Sea como fuere, se trata de uno de los personajes literarios que más han calado en la conciencia universal, hasta el punto de que, en casi todas las épocas y lugares se han realizado reelaboraciones del mito. Moliere, Zorrilla o Lord Byron son algunas de las figuras literarias que se han ocupado de él.
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