Todo pensador que se precie tiene que ser polémico. De otro modo, no sería independiente, cualidad básica de todo intelectual auténtico. No obstante, pocos habrán generado tantos ríos de tinta como Voltaire, hasta el extremo de que se ha creado un adjetivo –‘volteriano’- para definir a aquéllos que siguen su actitud y se muestran rebeldes ante las convenciones establecidas y propugnan romperlas.
Sin embargo, François-Marie Arouet (París, 1694-1778) no fue siempre ni tan revolucionario ni tan radical. Hijo de un notario de familia aristocrática, se formó en los mejores colegios y, mientras estudiaba Derecho, se introdujo en una organización secreta, la Sociedad del Temple. Hacia 1717, una sátira contra el Duque de Orleáns, a la sazón Regente de Francia tras la muerte de Luis XIV, le valió la reclusión en la Bastilla, que se repetiría poco después a causa de un enfrentamiento con el Duque de Rohan, del que el escritor salió apaleado.
Desterrado a Inglaterra, por esos años se produce un importante giro en su pensamiento. Allí recibe la influencia de Newton y John Locke y queda admirado ante la tolerancia británica. De regreso a Francia, difundirá las ideas de estos pensadores. Nuevos problemas legales a causa de sus críticas al fanatismo religioso tanto cristiano como musulmán, le llevan a instalarse en Berlín, bajo la protección de Federico II.
Allí escribirá fecundamente durante un tiempo –El siglo de Luis XIV, Micromegas- hasta que se vuelve a meter en problemas, esta vez con el propio monarca. Éste había dicho que pensaba exprimir al intelectual como a una naranja y Voltaire, como venganza, huyó de la corte con un manuscrito del rey con el que se proponía ridiculizarlo ante toda Europa. Detenido en Francfort, fue expulsado del país como un criado ladrón.
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