Doce hombres, de G. K. Chesterton, el ‘PrÃncipe de las paradojas’
Los manuales de retórica definen el concepto de paradoja como “figura apotegmática o sentenciosa que se expresa en forma contradictoria”. Muchos escritores la han utilizado con frecuencia pero quién ha pasado a la historia literaria como gran cultivador de ella ha sido Chesterton.
Gilbert Keith Chesterton (Londres, 1874-1936) fue, en efecto un escritor complejo. Periodista, poeta y novelista, en su juventud tuvo gran interés por las ciencias ocultas pero, con los años, protagonizó una de las conversiones al cristianismo más famosas de la literatura. Fruto de ello serÃan, entre otras obras, una de sus narraciones más famosas, El hombre que fue Jueves, que trata acerca del mal y del libre albedrÃo.

Campden Hill, barrio londinense donde nació Chesterton
Hombre de oronda figura –es curiosa la anécdota que cuenta como, durante la Primera Guerra Mundial, cuando una mujer le preguntó por qué no estaba en el frente, el escritor respondió: “Si usted da una vuelta hasta mi costado, podrá ver que sà lo estoy”-, su personalidad se caracterizaba por el sentido del humor, que está muy presente en sus escritos, incluso los más polémicos.
Pero, si Chesterton ha alcanzado fama por algo, ha sido por su genial creación del padre Brown, el menudo sacerdote de aire despistado, siempre sujeto a un gigantesco paraguas, que, al modo del Sherlock Holmes de Conan Doyle, desentraña los más atroces e inexplicables crÃmenes, aunque, a diferencia de éste, lo hace más por su profundo conocimiento de la condición humana que por deducción lógica.
Además de la narrativa, Chesterton cultivó el ensayo abundantemente y sobre todo en ellos se observa el uso de la paradoja. Suele iniciarlos con una frase sencilla que describe una opinión común para luego, mediante su argumentación, demostrar que no es tan cierta como parece.
Buena muestra de ello es el titulado Doce hombres, en el que reflexiona sobre la figura legal del jurado. Partiendo del hecho -unánimemente aceptado- de que la especialización profesional es buena, el hábil escritor consigue darle la vuelta al argumento para mostrarnos como, en el caso de juzgar a un supuesto delincuente, no lo es tanto.
A su modo de ver, es mucho más útil y honesta la figura del jurado popular debido a que sus integrantes juzgan al acusado desde una perspectiva humana, no contaminada por abstractos conceptos legales ni por el ejercicio cotidiano de la magistratura.
Se trata, en suma, de una nueva muestra del gusto de Chesterton por la paradoja, figura que utiliza tan sabiamente que logra convencernos a pesar de que, inicialmente, pudiéramos pensar lo contrario.
Podéis leer la obra aquÃ.
Fuente: Luventicus.
Foto: Campden Hill: John Salmon en Geograph.
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