Se dice que en todas las obras de un escritor hay algo de autobiográfico y ello es muy lógico. Qué mejor que las experiencias de uno mismo para componer una historia. Incluso de modo inconsciente, la vida que llevamos tiene que influir por fuerza en la creación de personajes de ficción.
Por otra parte, la Inglaterra de principios del siglo XIX se hallaba sumida en profundos cambios sociales. La naciente industrialización estaba propiciando un movimiento masivo de personas hacia las grandes ciudades que ofrecían a primera vista unas mayores opciones de prosperidad.
Pero, una vez allí, las circunstancias eran muy diferentes: jornadas laborales de hasta catorce horas a cambio de sueldos míseros, que obligaban a que los niños tuvieran que trabajar también para completar los ingresos familiares y verdaderos guetos donde se hacinaban miles de personas.
Toda esta situación fue vivida en carne propia por Charles Dickens (Portsmouth, 1812-1870) desde que, aún niño, su padre fue encarcelado por deudas y se vio obligado a trabajar en una fábrica de betún. Y, aunque poco a poco fue abriéndose camino hasta llegar a ser el más grande novelista británico de su época, una experiencia así no se olvida.
Probablemente por ello, de entre todas sus obras, por la que más cariño albergaba era por David Copperfield, publicada por entregas en 1850 y en la que hay mucho de autobiográfico. La historia de un muchacho que, tras morir su padre y volver a casarse su madre con un hombre perverso, ha de afrontar todo tipo de penalidades –desde un internado cuyo director encarna la maldad hasta el trabajo infantil en una fábrica- debía serle conocida.
Como Dickens, David consigue salir adelante con ayuda de unas pocas personas buenas. En este sentido, debe señalarse que, si bien el autor es el cronista por excelencia de la Revolución industrial en Inglaterra, el tono de sus obras es menos duro que el que hallamos en autores coetáneos de otros países. No encontraremos en las narraciones dickensianas escenas tan descarnadas como en los relatos, por ejemplo, de un Emile Zola.
Por el contrario, la forma de novelar del inglés tiene más de costumbrista que de literatura militante. Es el observador de un momento histórico concreto y lo refleja con absoluta fidelidad en sus obras. Ello no significa que no denuncie las injusticias que contempla a su alrededor. Sí lo hace pero sin hurgar en la herida, como haría el Naturalismo posterior y ello hace que sus novelas posean una calidad literaria mucho más elevada.
Podéis leer la obra aquí.
Fotos: Portada de la novela: Boston Public Library en Flickr | Casa-museo: Jon´s Pics en Flickr



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