La literatura italiana vive, tras la Primera Guerra Mundial, un periodo de esplendor, con figuras como Luigi Pirandello en el teatro, Cesare Pavese, Italo Svevo o, algo más tarde, Giuseppe Tomasi di Lampedusa en la narrativa y Dino Campana o Clemente Rébora en la poesía.
Concretamente ésta última conoce, poco después, un grupo de líricos extraordinarios. Iniciados en el magisterio de Gabriele D’Annunzio, reaccionan, sin embargo, contra los presupuestos de éste para abordar una poesía completamente distinta. En efecto, si el polémico autor de los Laudi cultivaba una poesía decadente, en la que las formas bellas eran esenciales, los nuevos poetas se decantarían por una lírica esencial, desnuda de ornamentación y plagada de símbolos que dificultaban su lectura.
Tal es así que un crítico los calificó –con acertado término- como ‘poetas herméticos’. Entre éstos se hallaban fundamentalmente tres grandes figuras: Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo y Eugenio Montale, éstos últimos galardonados con el Nóbel de Literatura.
Pero el gran aglutinador de todos ellos fue Eugenio Montale (Génova, 1896-1981), quién, tras participar en la Primera Guerra Mundial, comienza a publicar sus poemas en la revista Primo Tempo. Pero será con su traslado a Florencia cuando surgirá el verdadero grupo al que aludíamos.
Montale cultiva una lírica presidida por un sentimiento dramático de la realidad, concibe al hombre como un ser abocado al dolor, y este pesimismo se refleja en un lenguaje personal en el que lo simbólico posee un papel básico y cuya sintaxis rápida y de frases breve refleja en pinceladas esenciales su mundo íntimo.
Y es que la esencialidad de la palabra o, dicho de otro modo, la desnudez retórica constituye el eje formal de una obra que, a medida que va alcanzando su madurez, se convierte en personalísima. Combinación de rimas y asonancias, ritmos acentuados o quebrados, métrica libre o rigurosa, todo cabe en su concepto de la poesía.
Todo ello se aprecia en la composición Corno inglés, en la que compara el sonido de este instrumento de viento con el de la tormenta, fenómeno que agita la naturaleza desde el mar a la tierra, y cuyos efectos también, quizá, despierten el dormido corazón del autor.
Pero lo realmente importante del poema, a nuestro juicio, no es lo que dice, sino lo que sugiere. Al modo del los pintores expresionistas, con unas pocas palabras –’fragor’, ‘bruñen’, ‘lampos’, ‘borrasca’ o ‘lívido’- consigue conformar en nosotros la imagen de una pavorosa tormenta que, a su vez, resulta fácil identificar con su estado anímico.
Y es que la lírica de Montale no es tan hermética como pueda parecer. Aunque, eso sí, más que significados diáfanos, debemos buscar su poder sugeridor, al modo de lo que sucede con los surrealistas.
Podéis leer el poema aquí.
Fuente: Poéticas.
Fotos: Eugenio Montale: Pontificia Univ. Católica de Chile en Flickr | Génova: Gnuckx en Flickr.

Coincidiendo con el centenario de la publicación de la novela, una iniciativa española reeditará la obra de Bram Stoker junto con un documental y contenido extra. Llegará el próximo 20 de abril de 2012.