La lírica, como la música y otras artes, son consustanciales al ser humano. Todas las épocas han tenido su poesía y sus poetas. Pero también es cierto que cada periodo presenta un tipo peculiar de poesía, en la que influyen las creencias, costumbres y modas del momento, las cuales, incluso, hacen que predomine sobre otros géneros o quede rezagada respecto a ellos.

Monumento a Campoamor en Madrid
Estas afirmaciones se ven corroboradas a la perfección en una época tan prosaica como la del Realismo literario, que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX. En este periodo, el de las revoluciones burguesas y el desarrollo industrial, la narrativa es la que goza del gusto del público lector, en detrimento de la poesía y el teatro.
No obstante, estos géneros siguieron cultivándose, si bien es cierto que ampliamente influidos por el novelístico. Como consecuencia –al margen de los casos de Bécquer y Rosalía de Castro, verdaderas rarezas para la época por su talla lírica- la etapa del Realismo muestra una poesía fuertemente prosaica y de temática muchas veces circunstancial.
Se trata por tanto de obras en las que predomina la tendencia narrativa –el contar una historia de modo directo- y la filosófica, con frecuente menoscabo del uso de figuras típicamente poéticas y, en consecuencia, de menor belleza que la de otros periodos literarios.
Una de las grandes figuras de esta lírica realista fue Ramón de Campoamor (Navia, Asturias, 1817-1901). De familia hidalga, trató de ser médico, pero su escasa vocación para ello le hizo inclinarse por la que de verdad mostraba: la literatura, en la que se inicio bajo la protección de Espronceda y todavía influido por el Romanticismo. Como por entonces resultaba difícil vivir del arte de las musas, fue un relevante político de la época, ocupando escaños en el Congreso de los Diputados y en el Senado.

Navia, villa natal de Ramón de Campoamor
Presenta Campoamor una obra abundante y no despreciable. Creador de las doloras –poemas dramáticos que se refieren, con cierta ironía, a los reveses de la vida- y las humoradas –de similar estructura pero cargadas de sentido del humor y un tanto sentimentales-, su poesía responde a todos los rasgos del periodo: prosaísmo, narratividad y contenido filosófico, en menoscabo de la belleza lírica.
No obstante ello, su obra no debe menospreciarse –como hacen muchos historiadores de la literatura-, pues responde a una etapa literaria en que la novelística lo dominaba todo y, por tanto, bastante merito tenia ya dedicarse a la poesía. Nada tiene de particular que, influidos por el género literario entonces triunfante, estos escritores se permitiesen concesiones prosaicas en su intento de llegar al público. Desde luego, Campoamor no es Rubén Darío, pero no por ello merece el olvido en que ha caído hoy.
Podéis leer una antología de sus poemas aquí
Fotos: Monumento a Campoamor: Carlos Viñas en Flickr | Navia: FreeCat en Flickr

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