La división del teatro en comedia y tragedia procede de los mismos orígenes del género. Se entiende por la primera aquella que pretende entretener y mover a la risa al espectador a través de enredos, equívocos o chistes verbales.

Historia de una escalera, la obra que dio a conocer a Buero
Pero la segunda es más compleja. La primera teoría sobre la tragedia procede nada menos que de Aristóteles, quien, en su Poética, estableció las bases y rasgos que la componen. Además de establecer sus elementos formales, el pensador griego, en uno de los apartados de aquella, expone la función que debe conseguir: a través de la identificación del espectador con lo que sucede en la escena, se produce en este una catarsis o liberación de sus miedos.
Desde entonces, se ha expuesto muchas tesis acerca del género trágico. Pero es bien cierto que la buena tragedia teatral siempre ha conservado ese componente de catarsis colectiva y, sobre todo, su capacidad de hacernos reflexionar acerca de la condición del ser humano y sus circunstancias.
Y, en este sentido, uno de los dramaturgos contemporáneos que mejor ha conseguido despertar en el espectador esa reflexión ha sido Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 1916-2000) a quien, además, cabe atribuir el acierto de haber hecho despertar al teatro español tras el parón de la Guerra Civil, con Historia de una escalera, un drama de fuerte contenido social.
Buero ha sido uno de los principales dramaturgos españoles del siglo XX, hasta el punto de que ha creado escuela. Fuertemente comprometido con su tiempo, sus obras tratan de brindar luz a las inquietudes existenciales del ser humano, a sus miedos y limitaciones. Y dramas como El tragaluz, La Fundación o Un soñador para un pueblo ocupan un lugar relevante dentro del teatro contemporáneo.
Por su parte, El concierto de San Ovidio, estrenada en 1963, ahonda en una de las obsesiones del escritor: la ceguera como símbolo de las limitaciones del ser humano. En sus propias palabras, ‘cualquier tragedia debe representar siempre la lucha del hombre, con sus limitaciones, por la libertad’. Por tanto, la falta de visión, en tanto que coarta la capacidad de actuar de la persona, resulta un excelente símbolo de las restricciones que esta encuentra para alcanzar su plenitud.

Vista de Guadalajara, ciudad natal de Buero
La acción nos traslada al París de 1771. un grupo de ciegos del Hospicio de los Quince-Veintes son contratados por el intermediario Valindin para dar un concierto en la feria de San Ovidio. Los invidentes aprecian esta oportunidad como un medio de demostrar a los demás que son personas normales –especialmente David, un hombre orgulloso y que alberga la esperanza de prosperar a través del esfuerzo personal-. Pero lo que Valindin pretende es hacerlos trabajar como payasos, para hacer reír al público y así ganar dinero. David mata al mercader y será ajusticiado por ello. Pero uno de los espectadores, Valentín Hauy, redimirá a los invidentes.
Lo que Buero trata de transmitir con su obra es que el verdadero culpable del drama de los ciegos es la sociedad -de la que todos formamos parte-, a la que le gusta que le proporcionen seres de los que reírse, y hacernos reflexionar sobre ello para enmendarnos. Por tanto, el tema tiene absoluta vigencia en cualquier época y, en cuanto ello es así, nos encontramos ante una verdadera tragedia.
Podeis leer la obra en esta web
Fotos: Portada de Historia de una escalera: Beatrice Azzurro en Flickr | Guadalajara: Daniel Vinuesa en Flickr

Coincidiendo con el centenario de la publicación de la novela, una iniciativa española reeditará la obra de Bram Stoker junto con un documental y contenido extra. Llegará el próximo 20 de abril de 2012.