Arniches y la tragedia grotesca
Con frecuencia, la crÃtica literaria y, aún más, el público solemos recordar a un autor por sus obras más populares. Aunque haya escrito otras de mayor calado y hondura, siempre nos quedamos con aquéllas más conocidas y que supusieron un triunfo editorial o escénico, en el caso de los dramaturgos.
Y no sólo sucede esto. En determinadas ocasiones, incluso se rechazan las mejores obras porque, al ser demasiado originales para su época, son poco comprendidas y han de pasar años y evolucionar el género antes de que sean aceptadas. Esto le ocurrió en su tiempo a Arniches, creador de la llamada Tragedia grotesca.

Las dos caras del teatro: la tragedia y la comedia
Carlos Arniches (Alicante, 1866-1943) fue un prolÃfico escritor teatral. Entre su primera obra, Casa editorial, y la última que estrenó póstumamente, Don Verdades, vieron la luz más de un centenar de piezas escritas en colaboración con otros autores y sesenta y tres en solitario. Entre las primeras, figuran zarzuelas, sainetes, teatro de circunstancias y, en general, todo tipo de obras cómicas. Pero es en las segundas donde Arniches alcanza su verdadera talla. Éstas son, fundamentalmente de dos tipos: sainetes y tragedias grotescas.
El sainete era un género teatral menor que retrataba las costumbres y los vicios de las clases populares madrileñas, siempre con buenas dosis de humor amable. Su iniciador y primera figura fue Ramón de la Cruz, a mediados del siglo XVIII. Pero es Arniches quién, recogiendo todo este bagaje, proporciona al género rasgos inequÃvocos, empezando por un lenguaje propio que, desde entonces, ha quedado como el clásico del Madrid castizo. Obras como El santo de la Isidra o Los milagros del jornal son harto representativos de esta corriente.
No obstante, como decÃamos, donde el alicantino muestra su verdadera talla dramática es en la tragedia grotesca, en la cual, sin abandonar el humor, se nos presentan situaciones de contenido serio. Partiendo de tesis regeneracionistas, Arniches nos plantea argumentos que, si en principio pueden parecer cómicos, pronto resultan una muestra de la decadencia moral, espiritual o social del paÃs, dividido entre personajes honrados, trabajadores y educados y señoritos caciques e inútiles –precisamente, Los caciques se titula una de ellas- que constituyen una auténtica rémora para la prosperidad de España.
A este género pertenece La señorita de Trévelez, estrenada en 1916. En una pequeña capital de provincia, a principios del siglo XX, una pandilla de señoritos ociosos urden una broma pesada: harán creer a Florita Trévelez, solterona madura y poco agraciada, que uno de ellos la ama. La pobre mujer se ilusiona y su decepción será tremenda cuando descubra la verdad.

Vista de Alicante, ciudad natal de Arniches
Tras esta anécdota sencilla, se esconde una crÃtica mordaz a la falta de escrúpulos de esos ociosos provincianos que, en lugar de trabajar por la prosperidad del paÃs, se dedican a gastar crueles bromas sin reparar en el daño que pueden hacer a personas inocentes.
Considerada la mejor obra de Arniches, el manejo del desarrollo dramático es excelente, en un climax que va ascendiendo hasta el desenlace final, y no menos destacable es su maestrÃa en el uso del lenguaje y las situaciones.
Con ésta y otras obras similares, Arniches abre una nueva vÃa en el teatro español de la época, muy alejada de la realista o costumbrista de Benavente o los hermanos Quintero, y que serÃa asumida por sucesores como Jardiel Poncela o Mihura.
Podeis leer la obra aquÃ.
Fotos: Máscaras del teatro: DanaCrazyG en Flickr | Alicante: Robert Nyman en Flickr
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