Entradas de Marzo de 2010

Opinión, Poesía, clasicos
Clásicos de las letras hispanas

Serranillas del Marqués de Santillana, una encantadora ficción lírica

La vertiente popular de un poeta culto
Por Luís Martínez González, en 31 de Marzo de 2010

Según Menéndez Pidal, los orígenes de la poesía castellana se encuentran en la épica y, más concretamente, en cantares de gesta que narraban las hazañas de valientes caballeros, cuya mejor muestra es el Poema de Mío Cid. Estas largas composiciones se fragmentaron en los romances que generarían una larga tradición.

Foto de un retrato del marqués de Santillana

Retrato del marqués de Santillana

Pero –al margen de la vertiente culta del Mester de Clerecía- también existe una poesía de tipo amoroso cuyo origen se halla en las cantigas galaico-portuguesas y en el influjo de la lírica provenzal y su convención del amor cortés.

Entre los géneros poéticos de ésta última se encuentra la pastorela, composición breve de tipo sentimental que narra el encuentro bucólico de un caballero y una pastora, a la que corteja, tratando de obtener sus favores, y que suele acabar con el ingenioso rechazo de la muchacha. Todo ello, dentro de las normas de la lírica provenzal, es una invención y un mero juego literario.

De la pastorela deriva –aunque con fuerte componente autóctono- un género poético muy popular en la época final de la Edad Media en España: la serranilla, cultivada por poetas cultos como el marqués de Santillana o el Arcipreste de Hita en su Libro de Buen Amor. Se trata de composiciones en verso de arte menor de contenido lírico-narrativo que, a semejanza de aquéllas, cuenta el encuentro de un viajero con una mujer de la sierra que acostumbra a pedir a éste un peaje –a veces sexual- y entre los que se entabla un diálogo picaresco e ingenioso.
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Crónica, clasicos

Memorias de Ultratumba, de Chautebriand

Documento histórico y diario personal en una obra pionera del Romanticismo
Por Andrea Jaén, en 31 de Marzo de 2010

"El juramento del juego de la pelota", por Jacques-Louis David. Los esbozos de la Revolución Francesa

El género de la autobiografía es, desgraciadamente, uno de los menos prolíficos y su surgimiento en occidente se lo debemos a la tradición introspectiva de corte cristiano. Así, las obras de Santa Teresa de Jesús o las Confesiones de San Agustín dan una vuelta de tuerca más a lo que ya se intuía con las Meditaciones de Marco Aurelio. Si en este último lo que cobraba importancia eran las campañas de guerra y los actos históricos, en los libros de los religiosos era la vida interior aquello que se manifestaba con más ahínco. No será hasta la llegada del Renacimiento y su culto antropocéntrico cuando las dos disciplinas se combinen para dar como resultado uno de los textos precursores del género: Memorias de Ultratumba, del vizconde François-Réné de Chautebriand.

Memorias fue un libro que tardaría 40 años en ser concluído. Publicado en 1848, se trata de un compendio de 42 volúmenes donde se relatan hechos históricos, sociales, políticos… intercalados con acontecimientos y reflexiones que atañen a la vida privada y a los pensamientos más profundos de Chautebriand. El hecho de que el escritor asistiera a tiempos convulsos que darían como resultado la formación de un nuevo orden, tiñe cada una de las líneas con una melancolía manifiesta que hará de él uno de los pioneros del Romanticismo francés. Toda una epopeya sentimental que da cuenta del periodo que le ha tocado vivir.

Además de ser un excelente manuscrito que deja perpetuados los pensamientos y reflexiones de un ilustrado de la época, el texto es un testigo ejemplar de los turbulentos años de la Revolución Francesa, cuando el propio Chautebriand se vió obligado a exiliarse durante siete años en pleno periodo de El Terror. Este hecho decisivo marcaría el incio del libro, quizá con la idea de dar voz propia a los acontecimientos históricos. Tras su estancia el Londres durante el exilio, el escritor volvería a Francia bajo el reinado de Napoleón con la idea de que el general, con el nombramiento de un Estado Confesional, restablecería el orden precedente a la Revolución. Pronto se daría cuenta de que estaba equivocado.
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Cuento, Terror

La caja oblonga, de Edgar Allan Poe

Una travesía, una caja llena de secretos y un cuento inquietante
Por Andrea Jaén, en 30 de Marzo de 2010

Caricatura del autor

Edgar Allan Poe, como digno maestro del enigma que fue, volvió a rizar el rizo para crear una historia que sobrepasa la llamada temática de la habitación cerrada (recordemos el artículo de Los crímenes de la calle Morgue). En el caso de La caja oblonga, cuento que sería publicado en 1844, aquello que permanece cerrado no es una habitación. Es una caja.

El narrador de la historia, de identidad desconocido para el lector, se encontrará con su colega de la universidad Cornelius Wyatt durante un trayecto por mar entre Charleston (Carolina del Sur) y Nueva York. Wyatt viaja acompañado de tres mujeres: una de ellas su mujer y las dos restantes sus hermanas. Para ellos, ha reservado tres camarotes. El narrador, haciendo gala de una sutil suspicacia, se preguntará el porqué de tal alarde de logística para un numero tan reducido de personas. Finalmente, hayará el misterio que buscaba. El tercero de los camarotes está destinado a una caja de pino oblonga. O lo que es lo mismo, una caja más alta que ancha. El ansia por conocer el contenido de esa caja, será el motor que arranque las más extrañas elucubraciones por parte del protagonista.

Edgar Allan Poe, haciendo gala de una prosa que logra transmitir la melancolía espiritual de los personajes hasta la extenuación, Nos habla también de un hecho anecdótico, de una nimiedad que para el protagonista cobrará dimensiones estratosféricas en cuanto inicie sus conjeturas obsesivas acerca del significado de la caja. Con una fuerte entrega autodestructiva se dedicará este espontáneo detective a elucubrar posibles soluciones para el enigma. En cuanto empiece a observar, se dará cuenta de que Wyatt y sus hermanas presentan un aspecto lúgubre y decaído mientras que la esposa se muestra dicharachera y animada. Además, cae en la cuenta de que la descripción de la mujer de su amigo, y que el propio Wyatt le había relatado en el pasado, no concuerda del todo con la imagen de la señora que se encuentra en el barco.
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Humor, Teatro, clasicos
Teatro clásico francés

Tartufo, de Molière, el hipócrita avaricioso

Una obra polémica
Por Luís Martínez González, en 30 de Marzo de 2010

Es bastante frecuente que actores o directores de teatro escriban obras para sus compañías o, a la inversa, que dramaturgos dirijan o actúen en sus propias creaciones. De hecho, dos grandes genios de la literatura lo hicieron: Shakespeare y Molière. Éste último incluso fue cómico ambulante algunos años, recorriendo Francia con sus obras antes de triunfar en París.

Y es que Jean-Baptiste Poquelin (París, 1622-1673) -éste era su nombre- era un verdadero hombre de teatro o, como se diría hoy, un ‘animal teatral’, que renunció a heredar de su padre el cargo de camarero real para dedicarse a la comedia. Desde entonces, llevó una vida frenética escribiendo y representando obras e interviniendo, voluntaria o involuntariamente, en las rencillas literarias de su época.

Foto de una representación del Tartufo

Una representación del Tartufo

Como Corneille y, más tarde, Racine son los grandes trágicos del teatro clásico francés, Moliére es el gran comediógrafo, aunque sus creaciones siempre dejan un leve poso amargo, seguramente debido a que se burlan de defectos humanos.

Así, sus obras presentan siempre a un personaje que encarna un defecto o vicio muy presente en la sociedad –el hipocondríaco, el avaro o el don Juan- para ironizar sobre él y hacer que acabe escaldado.
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clasicos

San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno

El secreto inconfesable de un párroco que ha perdido la fe
Por Andrea Jaén, en 29 de Marzo de 2010

Portada del libro

Érase una vez un pueblo castellano, Valverde de Lucerna, cuyo paisaje estaba enmarcado por unas montañas y un precioso lago. En ese pueblo vivió un párroco que sería recordado por todos como el perfecto ejemplo de una vida dedicada a los demás. Un Santo era Don Manuel para sus feligreses. Un santo para la narradora de San Manuel Bueno, mártir, Ángela Carballino. Miguel de Unamuno publica este relato en 1931 en una revista y a día de hoy es un texto fundamental dentro de la narrativa española, de lectura obligada en muchas escuelas y universidades. Podríamos dedicarnos a hablar extensamente sobre las referencias y particularidades de San Manuel, pero preferimos que sea el lector quien descubra la profunda riqueza que alberga el manuscrito.

Sí hay algo que nos llama la atención, y es la dualidad de la novela. En primer lugar, una dualidad paisajística mostrada por la montaña y el lago, que no son más que una distinción clara entre la vida terrenal y la inmortalidad. Este es el primer símbolo que nos introduce en la profunda problemática del protagonista. Su continuo devenir entre la vida terrenal, y la promesa de una vida espiritual basada en la inmortalidad del alma. Estos dos estadios de la conciencia establecerán una continua lucha a causa del desazón que corroe a Don Manuel. La historia arranca cuando Ángela Carballino narra sus experiencias junto al párroco, al que cosidera una de las personas más bondadosas que jamás haya conocido. No hay que olvidar que Ángela significa mensajera en griego y eso es precisamente lo que hace: hacer público el legado espiritual de Manuel.

Tanto Ángela como su hermano Lázaro caerán rendidos ante las virtudes de Don Manuel. Inclusive el segundo, en un principio anticlerical y defensor de la vida en la ciudad. El argumento es sencillo, casi podríamos decir que no hay argumento. Los personajes, son imprecisos. Apenas descritos físicamente. Este clima de austeridad de recursos no hace sino propiciar que nos centremos en lo verdaderamente importante. Aquello que se desarrolla en el interior de los personajes, en su alma, el recorrido espiritual que realizan a lo largo del texto. Las referencias religiosas se suceden, siendo la más llamativa aquella de Manuel, que en la Biblia es el Mesías anunciado por el profeta Isaías. El creador de un nuevo orden interior, un precursor. Pero un Mesías que esconde un secreto inconfesable… y lo esconde precisamente por el bien de aquellos que le confían sus corazones. Para que puedan seguir albergando la esperanza en una vida eterna que les libre de los sufrimientos terrenales.
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Fantasía, Poesía, clasicos
Poesía del siglo XVIII

Fábulas de Samaniego, enseñar deleitando

El espíritu didáctico de la Ilustración
Por Luís Martínez González, en 29 de Marzo de 2010

El siglo XVIII es también conocido como el Siglo de las Luces a causa del afán didáctico que preside toda la centuria. Fruto de la Ilustración, los intelectuales del tiempo –desde Rousseau hasta el español Jovellanos- sueñan con educar al pueblo para construir un cuerpo social letrado y con criterio que permitiese a los distintos países prosperar y avanzar.

Uno de los mejores caminos que encontraron para ello fue la literatura y, así, toda la de este siglo se halla presidida por esa intención docente. Pero como sin belleza no hay literatura, adoptaron la vieja fórmula latina de ‘Delectare et prodesse’, es decir, ‘enseñar deleitando’, máxima presente en toda creación literaria de la centuria. No obstante, de tener que renunciar a uno de estos dos objetivos, se dejaba a un lado el goce estético para que prevaleciera la educación. Por ello, algunas obras de este periodo resultan un poco prosaicas.

Foto del libro de las Fábulas

Una edición de las Fábulas de Samaniego

Por otra parte, en esa etapa se produce un renacer del clasicismo, tanto del de la antigüedad como del Renacimiento. Ello da lugar a que se recuperen formas literarias de aquel tiempo, entre las que resultaba ideal la fábula, por su doble finalidad estética y didáctica.

Es esta un género literario en verso –habitualmente de arte menor- que narra una historia o cuento en cuyo final se inscribe una moraleja o enseñanza práctica. Su principal cultivador en la Antigüedad fue el griego Esopo, en quién se inspirarían los fabulistas modernos. Entre ellos, destaca el francés La Fontaine y los españoles Tomás de Iriarte y Félix María de Samaniego, que, a partir de la obra de aquél –en ocasiones, copiándola directamente-, retomarían el género como instrumento literario y docente.
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Libros Gratis, Teatro, clasicos
Teatro de los Siglos de Oro

La verdad sospechosa, de Ruiz de Alarcón, o la pasión de mentir

Una crítica de la hipocresía
Por Luís Martínez González, en 26 de Marzo de 2010

Sin duda, era difícil en la España del siglo XVII la vida para un tullido y, aún más, si procedía de lo que entonces se conocía como colonias. En un mundo en que la vida no era fácil para nadie, mucho menos lo debía ser para una persona con tales condicionantes.

Foto de un retrato de Alarcón

Juan Ruiz de Alarcón

Por ello, el éxito literario de Juan Ruiz de Alarcón (Taxco, México, 1581-1639) tiene aún mayor mérito. Su cuerpo contrahecho –tenía jorobas- le hicieron blanco de crueles burlas por parte de sus compañeros de profesión y éstas lo convirtieron en una persona amargada y resentida.

Procedía de una aristocrática familia mexicana y ello le permitió adquirir una amplia y cuidada educación que, no obstante, le sirvió de poco para obtener un empleo acorde con su cultura. Cuando su familia vino a menos, embarcó hacia España, emprendiendo el camino inverso al que muchos peninsulares hicieron durante siglos.

Merecería un estudio detallado el desprecio que Alarcón despertó en la madre patria. Que su aspecto físico fuese desagradable no resulta justificación convincente. Todos los literatos de la época -desde Lope hasta Quevedo, pasando por alguien tan mesurado como Tirso de Molina- lanzaron durísimos ataques a su persona y a su teatro.
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Biografía, clasicos
Grandes escritores

La fascinación milanesa de Stendhal

Una vida marcada por el arte
Por Luís Martínez González, en 26 de Marzo de 2010

Nadie puede discutir que Italia es una tierra repleta de monumentos y bellezas. Pero no deja de ser curioso que un extranjero recién llegado se convierta en el más acérrimo patriota italiano y en el primer defensor y mejor publicista de aquellas excelencias, hasta el punto de considerar al país transalpino la única tierra de la libertad y de la dicha y a Milán la más hermosa ciudad del mundo.

Foto de un retrato de Stendhal

Henry Beyle, Stendhal

Sin embargo, este fue el caso de Henri-Marie Beyle (Grenoble, 1783-1842), que adoptó el seudónimo de Stendhal a su paso, acompañando a las tropas napoleónicas, por la aldea alemana del mismo nombre. Huérfano de madre a los siete años, se crió con su padre y una tía pero, como en su Grenoble natal se aburría, se instaló muy joven en París, donde, gracias a una influencia, logró empleo como agente ministerial y luego diploma de subteniente.

Poseía una personalidad abúlica, muy en consonancia con el incipiente espíritu romántico. Como muestra de ello, baste señalar que el día en que tenía su examen de ingreso en el Politécnico parisino permaneció tumbado en su cama inmóvil.

Tras una primera estancia en Italia, dimite del ejército y regresa a París, donde lleva una desenfrenada vida de amantes y teatro. Pronto se queda sin dinero y, tras una aventura sentimental en Marsella, reingresa en el ejército. Durante ocho años recorre Europa acompañando a las huestes napoleónicas. Curiosamente, en esta época aprende alemán para leer a Kant y Fichte y así poder despreciarlos con conocimiento de causa.
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Cuento, Fantasía, clasicos
Cuentos clásicos

La bella durmiente del bosque, de Perrault, un hermoso relato infantil

El Bien acaba triunfando
Por Luís Martínez González, en 25 de Marzo de 2010

Nunca sabremos qué impulsó a un alto funcionario de la Corte de Luis XIV a escribir cuentos infantiles. Pero el hecho es que lo hizo y, con ello, legó a la posteridad algunos de los más bellos que jamás se hayan escrito, repletos, tras su aparente ingenuidad, de verdades profundas presentes en el alma humana.

Foto de un retrato de Perrault

Retrato de Charles Perrault

Ese alto funcionario era Charles Perrault (París, 1628-1703) y procedía de una acomodada familia de la burguesía parisina. Por mediación de su hermano Pierre, se introdujo en la Corte para desempeñar cargos burocráticos pero de elevada posición.

El escaso trabajo que su puesto requería le permitió dedicar la mayor parte de su tiempo al estudio y la erudición. Y, como -en aquella Francia que comenzaba sus convulsiones- nunca participó en cuestiones políticas, pudo llevar una vida tranquila cuya única alteración fue su disputa con Boileau acerca de la literatura clásica y la moderna.

Pese a haber escrito un buen número de composiciones poéticas y eruditas, su fama se debe exclusivamente a la publicación, en 1697, de sus Cuentos de la mamá Gansa, compuesto por varios relatos infantiles inspirados en la tradición oral de su país y que han pasado a la posteridad en las mentes de niños de todos los tiempos y lugares. Todo el mundo conoce los cuentos de El gato con botas, La Cenicienta, Caperucita roja, Pulgarcito o La bella durmiente.
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entrevistas
Entrevistas

Entrevista a Rafael Castro Martín

El inventor de la "prosía"
Por Marcelo Ferrando Castro, en 25 de Marzo de 2010

Rafael Castro Martín

Hoy os traemos la entrevista a la que muy amablemente accedió Rafael Castro Martín, un escritor que no cumple lo que usualmente se dice que debemos hacer para escribir, es decir, leer. Pero eso no impide que logre increíbles creaciones a la “antigua“, expresando todo lo que su corazón le dicta en el momento como lo podemos ver en su libro “Amor sin razón“.

Inventor de la prosía, Rafael mezcla a la perfección sus dos pasiones, la literatura con la música, y pruebas de ello las podemos encontrar en sus blogs personales “Re-sonando“,  “Leyescribe” y “Kuanyincenter“. Os invito a conocer en profundidad al autor que nos abre las puertas no sólo de su faceta literaria, sino gran parte de su vida aquí.

Cuéntanos un poco sobre ti, para conocerte mejor.

Soy un joven que nací en la capital del Ebro, en Aragón España, en el año más hippie de la juventud 1968, al que siempre le han inquietado las cosas diferentes de la vida, las humanidades, la filosofía, el sonido, el por qué de las cosas. Estudié humanidades en magisterio y los compaginé con estudios musicales en varios instrumentos. Posteriormente lo académico decayó en mi vida y fue cuando conocí la “otra vía” la de la vibración de la meditación y la introspección personal.
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