Según Menéndez Pidal, los orígenes de la poesía castellana se encuentran en la épica y, más concretamente, en cantares de gesta que narraban las hazañas de valientes caballeros, cuya mejor muestra es el Poema de Mío Cid. Estas largas composiciones se fragmentaron en los romances que generarían una larga tradición.
Pero –al margen de la vertiente culta del Mester de Clerecía- también existe una poesía de tipo amoroso cuyo origen se halla en las cantigas galaico-portuguesas y en el influjo de la lírica provenzal y su convención del amor cortés.
Entre los géneros poéticos de ésta última se encuentra la pastorela, composición breve de tipo sentimental que narra el encuentro bucólico de un caballero y una pastora, a la que corteja, tratando de obtener sus favores, y que suele acabar con el ingenioso rechazo de la muchacha. Todo ello, dentro de las normas de la lírica provenzal, es una invención y un mero juego literario.
De la pastorela deriva –aunque con fuerte componente autóctono- un género poético muy popular en la época final de la Edad Media en España: la serranilla, cultivada por poetas cultos como el marqués de Santillana o el Arcipreste de Hita en su Libro de Buen Amor. Se trata de composiciones en verso de arte menor de contenido lírico-narrativo que, a semejanza de aquéllas, cuenta el encuentro de un viajero con una mujer de la sierra que acostumbra a pedir a éste un peaje –a veces sexual- y entre los que se entabla un diálogo picaresco e ingenioso.
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