Se ha bautizado a toda la narrativa hispanoamericana realizada a partir de la explosión de los años sesenta como realismo mágico y el calificativo no deja de ser acertado, pero requiere cierta explicación a causa de la mezcla de dos conceptos en principio opuestos como son realidad y magia.
Y, quizá, la mejor es la que brindó García Márquez cuando se le preguntó por ello. Decía el colombiano que –en Latinoamérica- la realidad supera a cualquier ficción y, para ilustrarlo, ponía como ejemplo el siguiente caso: en Cien años de soledad, incluyó como pura fantasía, el temor al nacimiento de un niño con cola de cerdo; y, en cuanto se publicó la obra, surgieron en varias partes del continente hombres y mujeres que tenían algo parecido a una cola de cerdo.

Tegucigalpa, ciudad donde nació Monterroso
En efecto, es esta combinación de realidad sorprendente y fantasía lo que mejor define al realismo mágico, el cual, lógicamente, es desarrollado por cada autor con arreglo a sus peculiares rasgos literarios. No es el mismo el de Vargas Llosa que el del citado Márquez, por ejemplo.
Uno de los narradores más singulares en este sentido es el guatemalteco –aunque nacido en Tegucigalpa- Augusto Monterroso (1921-2003). Escritor autodidacta, se le considera uno de los mejores autores de relatos breves de las letras contemporáneas y ha recibido un sin fin de galardones, entre los que destaca el Príncipe de Asturias de las Letras.
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