La narrativa es, probablemente, el género literario que goza de mayor popularidad y aceptación por parte de los lectores. Con mayor o menor calidad, casi siempre se ha impuesto al teatro y, por supuesto, a la poesía, minoritaria por su propia esencia.

Leopoldo Alas Ureña, 'Clarín'
Pero, si hay un periodo en el que esta supremacía ha sido clamorosa, éste es la segunda mitad del siglo XIX. En esta época, tanto los gustos estéticos como los sociales se volcaron en el género. Un público ávido de historias devoraba las entregas que se publicaban en periódicos y revistas a modo de los fascículos de hoy en día. E, igualmente, es el periodo por excelencia del realismo literario, es decir una corriente estética que propugnaba la representación objetiva de la realidad.
Así, el narrador se convierte en cronista de la sociedad, mostrando, como en una fotografía, lo que ella ofrece. No obstante, de inmediato debemos señalar que esto no puede tomarse literalmente, ya que el novelista no deja de ser una persona y, por tanto, es inevitable que intervenga su subjetividad, las sensaciones y la opinión que le produce lo que ve.
En España, la época del realismo constituye una auténtica ‘edad de oro’ de nuestra narrativa: en ella coinciden autores de la talla de Pereda, Galdós, Pardo Bazán, Palacio Valdés, Valera o Blasco Ibáñez, todos ellos con una importantísima producción tanto en cantidad como en calidad. Y, por supuesto, ‘Clarín’.
Leopoldo Alas Ureña (Zamora, 1852-1901), que adopto el pseudónimo de ‘Clarín’ para escribir crítica literaria, sería ya conocido para siempre con él. Profesor universitario, krausista y de ideas avanzadas, escribió un gran número de cuentos, artículos, un drama de escaso éxito –‘Teresa’- y dos novelas, ‘La Regenta’ y ‘Su único hijo’.

Universidad de Oviedo, de la que 'Clarín' fue Catedrático
‘La Regenta’, publicada en dos partes, en 1884 y 1885 respectivamente, es una de las novelas cimeras, no sólo de la literatura española, sino de la universal. Su carácter satírico de una ciudad provinciana, a la que llamó Vetusta, pero tras la que todos vieron a Oviedo, levantó tal revuelo que le costó a su autor incluso una pastoral del obispo de la diócesis, Martínez Vigil.
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