La Relación de Michoacán es un documento histórico de gran valor para todo aquel que se interese en la cultura de las civilizaciones precolombinas latino-americanas. Este texto es una fuente de investigación que nos describe el modo de vida que llevaban los habitantes de Michoacán (México), antes de la llegada de los conquistadores españoles.
Aunque todavía existen algunas dudas en relación a su autoría, se supone que su autor sería el fray franciscano Jerónimo de Alcalá, respondiendo a un pedido de don Antonio de Mendoza, primer virrey de Nueva España. Para un análisis profundo sobre la cuestión de la identificación del autor es posible leer el artículo de J. Benedict Warren Fray Jerónimo de Alcalá:Author of the Relación de Michoacán?
Ahora bien, La Relación de las ceremonias, de los ritos, de los pueblos y del gobierno de los Indios de la provincia de Michoacán, manuscrito conservado actualmente en la biblioteca real del Escorial, se encuentra disponible para su consulta on line a partir de una iniciativa conjunta de El Colegio de Michoacán, la Universidad Indígena Intercultural de Michoacán y la Foundation for the Advancement of Mesoamerican Studies. En la versión consultable por Internet se encuentra, además del texto completo de la Relación, un conjunto de fichas en donde se resume de manera individual la información sobre cada uno de los lugares, personajes, dioses y categorías sociales mencionados en la Relación de Michoacán. A esto se le agregó todo un material gráfico compuesto por mapas, cuadros cronológicos y diferentes esquemas sobre la civilización tarasca.
En lo que concierne al gentilicio tarasco, existen dos teorías sobre su origen. Fray bernandino de Sahagún acerca el término tarasco al nombre del dios Taras, uno de las divinidades que adoraban los michoques. La ortografía de la palabra Taras varía bastante. Encontramos: Tharas, Thares, Tharés-upeme o Turésvpeme. Desde el punto de vista etimológico, el vocablo hace referencia a la divinidad original, primera. En lengua purépecha (lengua de los tarascos) “tarhe” significa “antiguo, viejo”.
Sin embargo, según la Relación de Michoacán, el origen del gentilicio sería otro. Podemos leer en la página 328 de la versión paleográfica de Clotilde Martínez Ibáñez y Carmen Molina Ruiz, la siguiente anécdota: los españoles le pedían a la autoridad suprema de esta civilización -el cazonci, representante directo del Dios Curicaueri- algunas mujeres para llevárselas con ellos; el cazonci les otorgaba a algunas mujeres que formaban parte de su familia y los demás indios, al ver que los españoles gozaban de ciertos favores sexuales de las parientes del cozonci, comenzaron a llamarlos tarascos (tarascue o tarhaskua) que en su lengua significaba “cuñado”.El origen del nombre vendría entonces de una deformación de uso de la palabra “tarasco”. Los indios llamaban así a los conquistadores que se iban con las mujeres de la familia del cazonci mientras que luego los españoles llamaron así a los indios. El apelativo que servía a interpelar se convirtió así, según lo que leemos en la Relación de Michoacán, en el nombre de un pueblo.


Añadir a Del.Icio.Us
Como acabamos de verlo con estos ejemplos, estas nociones están estrechamente vinculadas a la noción de autenticidad. Una obra es considerada como una obra con múltiples instancias cuando ella puede ser reproducida en múltiples ocurrencias sin perder su autenticidad. Lo contrario ocurre con la pintura, ya que cualquier copia, cualquier ocurrencia de un original deriva en una falsificación. Sin embargo, según Roger Puivet, en el arte de masa, el hecho de estar en presencia de una pintura original ya no tiene más importancia. Los museos, con la venta de reproducciones y las imágenes publicadas en los libros de arte o en Internet, centran la acción en la “puesta en tipo” o “tipificación” de la obra, de manera a asegurar su difusión y su perennidad. Así, las pinturas propuestas en los museos funcionan como tipos, como objetos primeros que estuvieron al origen de toda una serie de ocurrencias. La visita a esos establecimientos se transforma entonces en una suerte de peregrinaje en el que los visitantes buscan ese objeto-prototipo mientras que compran, al regresar, múltiples ocurrencias del mismo. En esta perspectiva, el rol de la pintura podría ser comparado al del libro, cuando los admiradores de un determinado escritor se apuran a comprar o contemplar el manuscrito original de su autor fetiche.
Puedes leer 
Mi descubrimiento del cuento “Alibech en el infierno” llegó en el momento preciso de mi pubertad. Influenciado por mi educación en un colegio católico muy disciplinado sentía una suerte de pena por no poder seguir la vocación de sacerdote. Los curas de mi colegio alentaban fuertemente que uno decidiera tomar los votos de religiosos de dedicarse a un ministerio de la iglesia. Debo confesar que durante mucho tiempo de mi niñez consideré la vida de San Antonio María Claret como el ejemplo de vida plena. El modelo a seguir en el mundo adulto. Sin embargo, mi espiritú un tanto contra la corriente, crítico y en ocasiones rebelde, sin llegar a la extrovertida extravagancia de los que se enfrentan al sistema, me hicieron dudar y desistir de seguir los votos sacerdotales. No era ese mi camino.




