A lo largo de la trayectoria del poeta, éste corre el riesgo de llegar a la ebriedad lírica, es decir, a profundizar y depurar tanto en su obra que, finalmente, sólo sea comprendida por él mismo y por unos pocos iniciados más. Los versos resultantes de este proceso resultan de una oscuridad absoluta para el lector común que, por no entenderlos, los desprecia.
Se trata de un caso bastante frecuente en la lírica, aunque no lo parezca, y les sucede tanto a poetas vulgares como a otros excepcionales. Uno de los ejemplos más notables de ello es el de Luis de Góngora y Argote (Córdoba, 1561-1627), que lo llevó al extremo de dar lugar a una corriente literaria conocida como Culteranismo.
De familia aristocrática, estudió la carrera eclesiástica y fue canónigo beneficiado de la catedral cordobesa y capellán real de Felipe III. Son proverbiales sus enemistades literarias, que muchas veces llegaron a lo personal. Se enfrentó con Lope de Vega, pero su gran enemigo fue Francisco de Quevedo, con quién intercambió constantes letrillas satíricas –de éste es la famosísima ‘Érase un hombre a una nariz pegado’, dedicada al cordobés- que muestran una enemistad que va más allá de lo puramente literario.
Como decíamos, la lírica gongorina recorrió un proceso de depuración que le hizo alcanzar extremos de dificultad pocas veces igualados en sus obras mayores, como la Fábula de Polifemo y Galatea o en las Soledades. Son estos textos comprensibles sólo para unos pocos eruditos e iniciados en la obra del cordobés, puesto que están repletas de alusiones cultas, de hipérbatos, de juegos de palabras complejos y todo ello revestido de una sintaxis latinizante.
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